Así lo dice La Mont
Nueva ruta: La crisis política de Aleksandar Vučić tiene uno de sus puntos de inflexión en la tragedia de la estación ferroviaria de Novi Sad, cuyo derrumbe puso bajo escrutinio las fallas institucionales, la presunta corrupción y las responsabilidades de las autoridades. La muerte de 16 personas convirtió el duelo nacional en una ola de indignación que encontró en las universidades su principal motor de movilización. Con el impulso de las redes sociales y una exigencia de rendición de cuentas, los estudiantes salieron a las calles para denunciar que el siniestro no debía considerarse un accidente aislado, sino una señal de posibles irregularidades en la gestión pública y en la supervisión de obras de infraestructura. Las acusaciones sobre opacidad en las contrataciones, vínculos entre intereses empresariales y políticos, así como el deterioro de los servicios públicos, alimentaron el descontento de una generación que se negó a aceptar la impunidad. Mediante bloqueos, protestas y movilizaciones sostenidas, el movimiento estudiantil desafió al poder y elevó el costo político de la crisis para el gobierno. Su principal logro fue colocar en el centro del debate nacional la transparencia, la responsabilidad pública y la legitimidad de las instituciones, demostrando que la organización ciudadana puede alterar el equilibrio político incluso frente a estructuras gubernamentales consolidadas.
Vs. oficialismo: La dimensión de este despertar juvenil se comprende mejor al observar los antecedentes del sistema político serbio y la permanencia de prácticas asociadas al nacionalismo de los años noventa. Aleksandar Vučić, antiguo integrante del Partido Radical Serbio y posteriormente dirigente del Partido Progresista Serbio, construyó su trayectoria dentro de esa tradición política antes de adoptar una orientación más favorable a la integración europea, aunque mantuvo un estilo de gobierno cuestionado por sus críticos debido a la concentración del poder y al control de los medios de comunicación. En ese contexto, la figura de Slobodan Milošević representa el antecedente de una etapa marcada por el autoritarismo, los conflictos balcánicos y el aislamiento internacional. Conviene precisar un dato histórico: Milošević murió en 2006, mientras permanecía detenido en La Haya y antes de que concluyera su juicio; la causa oficial de su muerte fue un infarto de miocardio, no un suicidio. Su legado político, sin embargo, no desapareció con su fallecimiento. Las tensiones entre nacionalismo, concentración del poder y pluralismo democrático continuaron presentes en el debate serbio. Las movilizaciones estudiantiles pusieron en entredicho esa continuidad y exigieron una transformación de las relaciones entre gobierno y sociedad. Más que dar por liquidada una tradición política de varias décadas, el movimiento abrió la posibilidad de romper con prácticas que sus integrantes consideran incompatibles con una democracia sustentada en la transparencia, la libertad de expresión y la rendición de cuentas. El alcance de esa ruptura dependerá de que las demandas ciudadanas se traduzcan en cambios institucionales duraderos.
Adversidad: El desafío decisivo consiste ahora en determinar si la energía de las calles puede convertirse en una alternativa política viable sin reproducir los vicios que pretende combatir. La organización horizontal, la deliberación colectiva y la autonomía partidista han sido fortalezas del movimiento estudiantil, pero trasladar esos principios al funcionamiento del Estado exige mecanismos de representación, capacidad administrativa y acuerdos políticos. Una eventual transición con participación de dirigentes juveniles requeriría articular una coalición suficientemente amplia, incorporar perfiles técnicos y garantizar la continuidad de los servicios públicos, sin renunciar al esclarecimiento de las responsabilidades por la tragedia de Novi Sad. El riesgo de un efecto bumerán es real: la inexperiencia gubernamental, las resistencias de una burocracia formada durante años bajo el oficialismo y las posibles maniobras de quienes busquen preservar sus privilegios podrían obstaculizar las reformas. A ello se suman las expectativas ciudadanas, que pueden convertirse en frustración si la investigación de las irregularidades, el combate a la corrupción y la mejora de los servicios públicos no producen resultados tangibles. También existe el peligro de que las diferencias ideológicas y estratégicas fragmenten una movilización que ha encontrado su fuerza en objetivos compartidos. Si las demandas no se traducen en instituciones eficaces, reglas claras y compromisos verificables, los sectores desplazados podrían aprovechar el desgaste para recuperar terreno con el argumento de que solo ellos pueden garantizar el orden y la estabilidad. El despertar serbio representa, por tanto, una oportunidad de renovación democrática, pero su desenlace dependerá de la capacidad de transformar la indignación en reformas sostenibles. La caída de la confianza en un gobierno no garantiza, por sí sola, la consolidación de una alternativa mejor.
Por: Federico Lamont