Así lo dice La Mont
Mercader: El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, puso en marcha un ambicioso y polémico proyecto comercial que busca transformar el modelo de gestión del fútbol internacional mediante la creación de una nueva sociedad encargada de centralizar la explotación de los torneos más lucrativos del planeta.
La iniciativa contempla la venta de entre el 20 y el 30 por ciento de los derechos comerciales de la Copa del Mundo masculina, la Copa del Mundo femenina y el Mundial de Clubes a un grupo de inversionistas privados, en una operación valuada en aproximadamente 17 mil 300 millones de euros.
Detrás de esta estrategia se encuentra el propósito de obtener una inyección multimillonaria de recursos con el respaldo de entidades financieras de alto perfil, entre ellas el banco JP Morgan y Thrive Capital, firma propiedad de Joshua Kushner, quien mantiene vínculos familiares con el círculo cercano del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Actualmente, la FIFA opera como un organismo integrado por 211 asociaciones nacionales que regulan el fútbol mundial. Para concretar esta virtual privatización parcial de sus activos comerciales, Infantino fijó como fecha límite el próximo 19 de septiembre para que las federaciones definan si respaldan o no la incorporación de capital privado.
Como incentivo, la dirigencia de la FIFA ofrece un paquete financiero que contempla un pago de hasta 40 millones de dólares para cada asociación miembro, de los cuales 20 millones podrían entregarse de manera inmediata a quienes respalden la propuesta.
Sin embargo, el proyecto ha desatado una crisis institucional sin precedentes. La Unión de Federaciones Europeas de Fútbol (UEFA) y sus 55 asociaciones afiliadas rechazaron de manera unánime la iniciativa, al sostener que «el espíritu del fútbol y su gobernanza no son activos que estén a la venta». Incluso, advirtieron sobre la posibilidad de boicotear la próxima Copa del Mundo si el plan de privatización llega a concretarse.
A esta postura se sumó el rechazo formal de la Concacaf, lo que evidencia que la base de apoyo de Infantino enfrenta profundas divisiones entre las principales confederaciones del planeta.
Los dirigentes que se oponen al proyecto argumentan que abrir la puerta a inversionistas privados terminará por imponer una lógica exclusivamente comercial, con riesgos como modificar los calendarios internacionales, organizar Copas del Mundo con mayor frecuencia o elegir sedes privilegiando la rentabilidad económica por encima de los criterios deportivos.
La firme posición de la UEFA demuestra que, aunque la FIFA cuenta con 211 asociaciones con derecho a voto, la oposición de las confederaciones con mayor peso deportivo y económico pone en entredicho la viabilidad de esta reforma estructural.
Desenlace: En medio de esta tormenta política, el liderazgo de Gianni Infantino al frente de la FIFA comenzó a ser objeto de fuertes cuestionamientos. Entre sus críticos más severos figura su antecesor, Joseph Blatter, quien presidió el organismo durante 17 años, hasta su salida en 2015 tras los escándalos de corrupción que sacudieron al fútbol mundial.
Blatter condenó públicamente la propuesta y, a través de sus redes sociales, aseguró que la estrecha relación entre Infantino y el presidente estadounidense Donald Trump ha adquirido una dimensión financiera que perjudica al fútbol internacional. «Nadie tiene derecho a vender nuestro deporte», sentenció.
Sus declaraciones reflejan la creciente preocupación de diversos sectores sobre el rumbo que ha tomado la FIFA, al considerar que la actual administración privilegia intereses económicos, políticos y geoestratégicos por encima de la esencia y la integridad del juego.
Aunque Infantino busca consolidar su influencia para encabezar la nueva estructura financiera una vez concluido su actual mandato, la resistencia de confederaciones clave y el creciente descontento dentro del fútbol internacional generan incertidumbre sobre la viabilidad del proyecto y sobre la permanencia de su liderazgo.
La prisa por aprobar la iniciativa antes de septiembre ha colocado a la FIFA en una encrucijada: por un lado, la promesa de una histórica inyección de recursos; por el otro, el riesgo de comprometer la autonomía y la identidad de un deporte cuyas raíces históricas muchos consideran innegociables.