Así lo dice La Mont
Base Andrews roja
Cualquier cumbre bilateral de alto calibre entre Donald Trump y Xi Jinping descarta la diplomacia decorativa para concentrarse en tres directrices que pueden definir la hegemonía del siglo XXI: comercio, inteligencia artificial y Taiwán.
El comercio constituye el campo de batalla inmediato. Las tensiones arancelarias, el desacoplamiento de cadenas de suministro estratégicas y los subsidios industriales configuran una pugna en la que Washington busca reducir dependencias críticas, mientras Beijing protege su poderosa plataforma manufacturera frente a las presiones internas y externas.
La inteligencia artificial representa la carrera por la supremacía tecnológica del futuro. El control de los semiconductores avanzados, los modelos algorítmicos y la capacidad de cómputo no solo puede determinar el liderazgo económico global, sino también modificar el equilibrio militar y las capacidades de guerra cognitiva.
En la cúspide de estas fricciones se encuentra Taiwán, uno de los puntos de mayor riesgo geopolítico del planeta. Para Beijing constituye una línea roja vinculada directamente con su concepción de soberanía y con el orgullo nacional; para Washington, la isla es un enclave estratégico tanto por su papel en la producción mundial de microchips como por su importancia dentro de la arquitectura de seguridad del Indo-Pacífico.
Los demás asuntos pierden dimensión frente a este triángulo: el comercio aporta las herramientas de presión, la inteligencia artificial determina la brecha tecnológica y Taiwán representa el detonante capaz de transformar una nueva guerra fría en un conflicto bélico directo.
Nueva ruta
El camino que llevó a Xi Jinping a la cúspide del Partido Comunista Chino en 2012 constituye una lección de disciplina política forjada en el trauma familiar.
Su padre, Xi Zhongxun, héroe de la revolución china y antiguo viceprimer ministro, cayó en desgracia durante las purgas maoístas previas a la Revolución Cultural. Aquella humillación llevó al joven Xi a Liangjiahe, donde vivió y trabajó en condiciones rurales durante la Revolución Cultural.
Lejos de alimentar una ruptura con el sistema, esa experiencia contribuyó a que Xi entendiera la supervivencia política como una combinación de disciplina, lealtad y adaptación al aparato partidista.
Su ascenso a la Secretaría General del Partido Comunista, durante el XVIII Congreso, fue producto de un proceso político respaldado por sectores veteranos de la dirigencia y acompañado por una transición institucional encabezada por su predecesor, Hu Jintao.
A diferencia de Jiang Zemin, Hu facilitó una transferencia de poder institucional y dejó también la presidencia de la Comisión Militar Central, con lo que permitió que el nuevo dirigente concentrara rápidamente la autoridad política y militar.
Sin embargo, una década después, aquella tradición de transición y liderazgo colectivo quedó profundamente cuestionada. Durante el XX Congreso, en octubre de 2022, Hu Jintao fue escoltado fuera del Gran Palacio del Pueblo mientras se desarrollaba la sesión y ante las cámaras internacionales. La escena se convirtió en una de las imágenes más simbólicas de la concentración de poder alcanzada por Xi y del nuevo equilibrio interno del Partido Comunista.
Un mando
Ese proceso de concentración del poder estuvo acompañado por una extensa campaña anticorrupción que investigó y sancionó a numerosos cuadros partidistas bajo la consigna de perseguir tanto a los “tigres” de alto rango como a las “moscas” locales.
La campaña reforzó la disciplina dentro del Partido, aunque también fue interpretada por diversos analistas como un mecanismo para desplazar a figuras y grupos con capacidad de desafiar la autoridad de Xi.
La caída de Bo Xilai, entonces dirigente de Chongqing y representante de una corriente política con rasgos neomaoístas, despejó uno de los principales obstáculos internos antes de la llegada de Xi al poder. Su posterior condena a cadena perpetua, junto con los procesos contra figuras como Zhou Yongkang, redujo significativamente los contrapesos dentro de los aparatos de seguridad y gobierno.
Con la oposición interna debilitada, Xi colocó la reunificación con Taiwán entre los objetivos centrales de su proyecto histórico.
Aunque el Partido Comunista Chino no ha establecido públicamente un calendario inamovible para una invasión de la isla, Beijing sí ha fijado metas de modernización militar que funcionan como referencias estratégicas. El Ejército Popular de Liberación tiene como objetivo alcanzar una modernización militar básica para 2027, año del centenario de su fundación, mientras que Xi ha vinculado el rejuvenecimiento nacional con el horizonte de 2049, centenario de la República Popular China.
Así, Taiwán dejó de ser únicamente una disputa territorial para convertirse en uno de los ejes centrales de la estrategia nacional de Xi Jinping y en el principal punto de fricción entre Beijing y Washington en el Indo-Pacífico.
Por: Federico Lamont