Opinión

¿Realmente Trump aniquilará a Irán?

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Staff Domo de Cristal
23 de septiembre de 2026, 4:19 am
Tiempo 6 min
¿Realmente Trump aniquilará a Irán?

Así lo dice La Mont

Versiones: La amenaza de Donald Trump de “exterminar” a Irán choca de inmediato con la geografía, la doctrina militar y los límites de la disuasión global. Reducir a cenizas una nación de casi 90 millones de habitantes y un territorio montañoso que triplica en extensión al de Francia exigiría, en términos extremos, el uso desinhibido del arsenal nuclear estratégico estadounidense, una línea roja que tendría consecuencias globales imprevisibles y podría desencadenar una escalada nuclear de dimensiones catastróficas.

En el terreno convencional, una operación orientada al cambio de régimen o a la destrucción total del aparato estatal iraní implicaría costos militares, económicos y humanos extraordinarios. La República Islámica no carece de capacidad de respuesta: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) dispone de decenas de miles de efectivos, respaldados por una amplia estructura paramilitar de los Basij y por un arsenal de misiles balísticos y drones de fabricación propia.

Teherán cuenta además con sistemas de defensa antiaérea de origen ruso, incluidos los S-300, y ha mantenido acuerdos y negociaciones para la adquisición de equipo militar avanzado. Sin embargo, su principal escudo geopolítico no se encuentra únicamente en el armamento, sino en la red de relaciones estratégicas que ha construido con otras potencias.

Ni Moscú ni Beijing, sin embargo, tienen incentivos evidentes para entrar en una guerra directa con Washington en defensa del régimen iraní. Rusia ha profundizado la cooperación militar y el intercambio de tecnología con Teherán, mientras China mantiene importantes vínculos comerciales y energéticos con Irán y le proporciona respaldo diplomático. Corea del Norte, por su parte, ha sido señalada durante años como un posible canal de cooperación en materia de tecnología balística y componentes militares.

Pezeshkian, entre la moderación y el poder clerical

En el frente interno, el tablero iraní tampoco responde al modelo de una democracia liberal occidental. El debate político existe, pero se encuentra condicionado por la estructura teocrática y por instituciones que concentran amplias facultades de decisión.

El presidente Masoud Pezeshkian, identificado como reformista o moderado, representa el intento de determinados sectores políticos y sociales de reducir las tensiones con Occidente y abrir espacios para la recuperación de una economía golpeada por las sanciones y la inflación.

Sin embargo, la Presidencia no concentra el poder definitivo en materia de defensa, seguridad, política exterior y programa nuclear. Durante décadas, esas decisiones estuvieron bajo la autoridad del líder supremo, ayatolá Alí Jamenei. Tras su muerte, el sistema quedó bajo la conducción de su hijo, Mojtaba Jamenei, cuya llegada al máximo cargo refuerza, de acuerdo con diversos análisis, la continuidad del aparato clerical y de seguridad.

La figura de Mojtaba Jamenei, considerado durante años un influyente clérigo de línea dura dentro de los círculos de poder, representa la continuidad de sectores que privilegian la preservación del sistema teocrático frente a una apertura política de mayor alcance.

El pulso entre la posición pragmática de Pezeshkian y el sector más conservador del clero chiita no necesariamente plantea una disputa entre democratización y autoritarismo, sino una discusión sobre la estrategia para garantizar la supervivencia de la República Islámica: unos apuestan por el pragmatismo diplomático y otros por la resistencia, la militarización y la intransigencia doctrinaria.

Moscú, Beijing y el “Eje de la Resistencia”

La capacidad de resistencia iraní también se apoya en una compleja red de acuerdos y alianzas. En el ámbito militar y diplomático, Teherán profundizó su relación con Moscú mediante un tratado de asociación estratégica integral, mientras que con China mantiene un acuerdo de cooperación de largo plazo que abarca sectores económicos y estratégicos.

En el terreno asimétrico, uno de los principales instrumentos de influencia iraní ha sido el denominado “Eje de la Resistencia”, una red de organizaciones armadas y actores políticos de Medio Oriente que durante años han recibido distintos niveles de financiamiento, entrenamiento, asesoría y armamento iraní.

La República Islámica se fundamenta en el chiismo duodecimano y en la doctrina del Velayat-e Faqih, o “gobierno del jurista islámico”, sistema mediante el cual el clero mantiene una posición central en la estructura del Estado.

Esta concepción político-religiosa no es compartida por la mayoría de los gobiernos árabes de tradición sunita y ha sido considerada por varios de ellos como una fuente de influencia y expansión regional iraní.

La dimensión confesional, sin embargo, tiene diferentes expresiones en países con importantes comunidades chiitas. En Irak, los chiitas constituyen la mayoría de la población y diversos partidos y fuerzas políticas vinculadas con esta corriente tienen un peso determinante en el sistema político. En Líbano, Hezbolá combina influencia política y capacidad militar. En Baréin, la mayoría de la población es chiita, aunque la monarquía gobernante pertenece a la corriente sunita. En Yemen, los hutíes pertenecen al zaidismo, una rama del chiismo con características doctrinales propias.

¿Aniquilación o disuasión?

El verdadero límite de la retórica de Trump se encuentra, por tanto, en la diferencia entre amenazar con destruir a Irán y tener la capacidad política y militar de hacerlo sin provocar una conflagración regional y global.

La geografía iraní, su población, su capacidad misilística, sus redes regionales, la estructura de su Estado y sus vínculos con Rusia y China hacen que una guerra encaminada a la “aniquilación” del país tenga consecuencias que rebasarían ampliamente las fronteras de Medio Oriente.

La disuasión funciona precisamente porque una guerra de esa magnitud tendría costos extraordinarios para todos los involucrados. La cuestión central no es únicamente si Estados Unidos posee la capacidad militar para golpear severamente a Irán, sino hasta dónde estaría dispuesto a llegar Washington y cuáles serían las consecuencias de cruzar las líneas que durante décadas han limitado la confrontación directa entre potencias nucleares.

En ese escenario, la amenaza de una destrucción total puede funcionar como instrumento de presión política, pero convertirla en una operación militar efectiva implicaría un nivel de escalada cuyos efectos serían imposibles de contener con facilidad.

La pregunta, entonces, no es solamente si Trump puede golpear a Irán, sino si puede hacerlo sin transformar el conflicto en una crisis de dimensiones globales.

Por: Federico Lamont

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