Así lo dice La Mont
Se fue: El fallecimiento del senador estadounidense Lindsey Graham cierra un capítulo profundamente revelador sobre la naturaleza de la política exterior de Washington y la psique colectiva de buena parte de su clase dirigente frente al resto del mundo. Más allá de las formalidades diplomáticas y los obituarios institucionales que hoy recorren los pasillos del Capitolio, su figura quedará inscrita en la memoria por la crudeza con la que verbalizó una visión del poder estadounidense que, para sus críticos, despojó al imperialismo contemporáneo de cualquier disfraz humanitario y mostró su rostro más beligerante.
Sus polémicas declaraciones, lejos de ser simples exabruptos o deslices mediáticos, fueron interpretadas como un reflejo del pensamiento hegemónico de ciertos sectores del poder en Estados Unidos. Cuando Graham sostuvo que el bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki había sido una decisión correcta y lo justificó al señalar que «arrasamos Berlín y Tokio», no sólo avaló el uso desproporcionado de la fuerza, sino que defendió una doctrina en la que la aniquilación total podía convertirse en una herramienta legítima de la política exterior.
Esa misma visión se extendió a Medio Oriente cuando, con una retórica incendiaria, amenazó con enviar a los iraníes «directamente al infierno», evidenciando una postura que, para numerosos observadores, minimizaba el valor de la vida humana fuera de las fronteras estadounidenses. Del mismo modo, su comentario sobre la guerra en Europa del Este, al celebrar que «qué bueno que los rusos mueren» y calificar ese conflicto como «el mejor dinero que gastamos», exhibió una visión utilitarista de las guerras internacionales.
Desde esa perspectiva, las vidas perdidas en el tablero geopolítico dejan de representar tragedias humanas para convertirse en simples costos estratégicos destinados a debilitar a los adversarios. Graham encarnó la persistencia del llamado «destino manifiesto»: la convicción de que Estados Unidos posee una autoridad moral excepcional para decidir quién debe vivir, quién debe ser combatido y qué naciones pueden ser sometidas bajo los argumentos de la seguridad nacional y la defensa de la libertad.
Su muerte, por tanto, no significa el fin de esa visión ideológica, sino una oportunidad para analizar cómo la principal potencia mundial continúa justificando el uso de la fuerza militar y la intervención exterior como instrumentos para preservar su hegemonía en el orden internacional.
Narrativa: Esa visión punitiva y unilateral de la política internacional encontró su complemento en la estrecha afinidad política que Graham terminó construyendo con el movimiento encabezado por Donald Trump, una alianza que redefinió el conservadurismo estadounidense y endureció su discurso hacia diversos países, particularmente México.
Aunque en los primeros años del trumpismo intentó presentarse como una voz crítica y moderada, con el paso del tiempo adaptó su discurso para sobrevivir y consolidarse dentro de un ambiente político dominado por el nacionalismo radical, alineándose con las posturas más duras del entonces presidente.
Esa coincidencia ideológica se reflejó especialmente en su visión sobre México. Dejó de concebirlo como un socio comercial estratégico y un aliado regional para convertirlo, de manera recurrente, en una amenaza para la seguridad nacional estadounidense y en un conveniente chivo expiatorio de las crisis internas de su país.
Su retórica alcanzó uno de sus momentos más controvertidos cuando promovió de manera insistente la posibilidad de emplear fuerzas militares estadounidenses en territorio mexicano bajo el argumento de combatir a los cárteles de la droga. Al impulsar la clasificación de estas organizaciones como grupos terroristas para justificar una eventual intervención armada unilateral, desestimó principios fundamentales del derecho internacional, la soberanía de México y las normas básicas de respeto entre Estados.
Esa narrativa injerencista no sólo tensó la relación bilateral, sino que también alimentó a los sectores más nacionalistas y xenófobos de la política estadounidense, utilizando un discurso de confrontación como herramienta de movilización electoral.
El legado político que deja Lindsey Graham constituye un recordatorio de cómo las instituciones de la democracia estadounidense pueden albergar y legitimar posturas que, para muchos de sus críticos, se acercan a una lógica de confrontación permanente con buena parte de la comunidad internacional.
La facilidad con la que un senador de su influencia transitó desde la defensa de los bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki hasta la promoción de una eventual intervención militar en México, pasando por declaraciones de aparente indiferencia frente a la muerte de soldados en conflictos internacionales, refleja una profunda crisis ética en una parte de la élite política de Washington.
Su trayectoria demuestra que ese alineamiento no fue un episodio aislado, sino la consecuencia de una forma de entender el poder, la seguridad y las relaciones internacionales que continúa influyendo en importantes sectores de la política estadounidense.
Por: Federico Lamont