Así lo dice La Mont
Solo un decir: El histórico lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad, consagrado desde 1789 como uno de los pilares de la República Francesa, adquiere una resonancia profundamente irónica y combativa en medio de la crisis social que sacude a Francia. Para miles de manifestantes, la libertad ya no representa una garantía efectiva del Estado, sino un derecho amenazado por decisiones gubernamentales unilaterales y prácticas policiales cada vez más cuestionadas, que alimentan la percepción de un poder dispuesto a restringir la disidencia ciudadana.
La igualdad, quizá el vértice más fracturado de este trinomio, se ha convertido en el centro de las reivindicaciones populares frente a una situación económica que golpea con mayor fuerza a los trabajadores y a los sectores vulnerables. Las reformas estructurales, la inflación y las políticas de austeridad profundizan el sentimiento de injusticia, mientras amplios segmentos de la sociedad consideran que las élites económicas y políticas permanecen al margen de los sacrificios exigidos a la población.
La fraternidad, por su parte, parece desplazarse de las instituciones hacia las calles. La solidaridad entre sindicatos, estudiantes, trabajadores y ciudadanos inconformes refleja la posibilidad de articular un frente común contra las decisiones del Elíseo. En este escenario, los principios fundacionales de la República dejan de ser únicamente un emblema nacional para convertirse en un recordatorio de las promesas incumplidas y de la urgencia de revisar un pacto social que amplios sectores consideran agotado.
Retrospectiva: Para determinar si los conflictos contemporáneos han superado la dimensión histórica de Mayo de 1968, es necesario distinguir la naturaleza y los alcances de ambos movimientos, fundamentales para comprender la evolución política y social francesa.
La revuelta de 1968 quedó profundamente vinculada con las corrientes existencialistas y el pensamiento crítico de intelectuales como Jean-Paul Sartre. Fue una explosión cultural, filosófica y estudiantil que cuestionó la alienación capitalista, el autoritarismo, las jerarquías sociales y las estructuras tradicionales. La movilización estudiantil, que pronto encontró eco entre millones de trabajadores en huelga, paralizó buena parte del país y puso en entredicho la autoridad del Estado, bajo una atmósfera de transformación generacional y efervescencia intelectual.
Los conflictos actuales, en cambio, responden a una realidad social distinta. Aunque no necesariamente cuentan con un marco filosófico unificado ni con figuras intelectuales de la proyección de Sartre, sus reivindicaciones expresan el deterioro de las condiciones de vida, la pérdida de confianza en las instituciones y el rechazo a un modelo económico percibido como desigual. El reclamo central ya no se concentra en transformar las estructuras culturales y morales de la sociedad, sino en recuperar seguridad económica, justicia social y capacidad de decisión frente al poder político.
Sin embargo, afirmar que la conflictividad contemporánea supera en términos absolutos la intensidad de Mayo de 1968 exige cautela: la dimensión de una protesta no se mide únicamente por la violencia urbana o los daños materiales, sino también por su capacidad de paralizar la economía, modificar las relaciones de poder y transformar las instituciones. La comparación histórica permite advertir que, cuando el malestar se extiende entre distintos grupos sociales y territorios, deja de ser una inconformidad sectorial para convertirse en un desafío de mayor alcance para el sistema político.
El fantasma de De Gaulle: La experiencia del general Charles de Gaulle constituye una referencia ineludible para entender los riesgos políticos que entraña una crisis de legitimidad en Francia. Después de las movilizaciones de mayo de 1968, el mandatario convocó un referéndum sobre la reforma del Senado y la regionalización; al perderlo, el 27 de abril de 1969, presentó su renuncia al día siguiente. Su salida demostró que incluso un dirigente con una trayectoria histórica excepcional podía quedar políticamente debilitado cuando perdía el respaldo ciudadano.
La comparación con Emmanuel Macron, sin embargo, requiere reconocer las diferencias entre ambos contextos. De Gaulle conservaba el prestigio asociado a su papel durante la Resistencia francesa y a la fundación de la Quinta República. Macron, por su parte, ha enfrentado cuestionamientos por su estilo de gobierno, la orientación de sus reformas y el uso de mecanismos constitucionales para impulsar decisiones controvertidas. Para amplios sectores críticos, estas prácticas han profundizado la distancia entre el Ejecutivo y una ciudadanía que demanda mayor representación y participación política.
La crisis de gobernabilidad se vuelve especialmente delicada cuando un presidente carece de una mayoría parlamentaria estable y debe negociar permanentemente para sostener su agenda. En esas circunstancias, cada movilización adquiere una dimensión política que trasciende las demandas inmediatas y se convierte en una prueba de resistencia para el Gobierno. La calle no sustituye formalmente a las instituciones democráticas, pero sí puede erosionar la autoridad de quienes las encabezan cuando sus decisiones dejan de encontrar aceptación social.
¿Está Macron ante un desenlace semejante al de De Gaulle? La respuesta depende de la evolución de la protesta, de la capacidad del Gobierno para reconstruir acuerdos y de la existencia de alternativas políticas capaces de canalizar el descontento. La renuncia presidencial no es una consecuencia automática de las manifestaciones ni de la debilidad parlamentaria; sin embargo, la persistencia de una crisis social sin respuestas convincentes puede reducir el margen de maniobra del Ejecutivo y acelerar su desgaste.
La historia francesa ofrece una advertencia contundente: la legitimidad institucional no se sostiene únicamente mediante facultades constitucionales. También requiere confianza, interlocución y la percepción de que el poder responde a las necesidades de la sociedad. Cuando esa conexión se deteriora, la estabilidad política deja de depender exclusivamente de los mecanismos del Estado y comienza a jugarse en el terreno de la credibilidad pública.
Así lo dice La Mont: Libertad, Igualdad y Fraternidad no son únicamente palabras inscritas en la historia francesa; son compromisos que cada generación exige hacer realidad. Cuando la libertad se percibe restringida, la igualdad se vuelve una promesa distante y la fraternidad se construye en las calles, el problema deja de ser exclusivamente económico o policial y adquiere una dimensión política de fondo. El desafío para Francia consiste en demostrar que sus instituciones todavía pueden responder a las demandas ciudadanas sin profundizar la fractura social. Porque ningún gobierno puede confiar indefinidamente en la fuerza de sus facultades constitucionales si pierde la confianza de quienes le dan sentido a la República.
Por: Federico Lamont