Opinión

México diversifica su estrategia comercial sin dejar de apostar por el T-MEC

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Staff Domo de Cristal
13 de julio de 2026, 6:05 am
Tiempo 5 min
México diversifica su estrategia comercial sin dejar de apostar por el T-MEC

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Por: Eduardo Esquivel Ancona 

Durante años, la economía mexicana construyó una realidad difícil de ignorar: ocho de cada diez dólares que exporta el país terminan en Estados Unidos o Canadá. Esa integración convirtió al T-MEC en el principal soporte del crecimiento industrial, del empleo manufacturero y de la llegada de inversión extranjera.

Nadie discute que el tratado seguirá siendo el instrumento comercial más importante para México. Lo verdaderamente relevante es entender que ya no puede ser el único.

Los cambios geopolíticos, las tensiones comerciales entre las grandes potencias, el regreso de políticas proteccionistas y la incertidumbre política en Estados Unidos han dejado una lección evidente: depender excesivamente de un solo mercado representa un riesgo estratégico.

Por ello, la política comercial del gobierno mexicano parece comenzar a moverse hacia un esquema más equilibrado. No se trata de sustituir al T-MEC —algo prácticamente imposible en el corto y mediano plazo— sino de fortalecer otros mercados capaces de ampliar las oportunidades para las empresas mexicanas y reducir la vulnerabilidad frente a decisiones externas.

México posee una ventaja que pocas economías tienen. Cuenta con una de las redes de tratados comerciales más amplias del mundo: 14 acuerdos de libre comercio que brindan acceso preferencial a más de 50 países. Sin embargo, durante muchos años esa capacidad permaneció subutilizada, mientras el mercado estadounidense absorbía casi toda la atención del sector exportador.

Hoy las circunstancias obligan a mirar hacia otros destinos.

La modernización del Acuerdo Global con la Unión Europea representa probablemente el paso más importante en esa dirección. La eliminación de aranceles para prácticamente todos los productos abre la puerta a un mercado integrado por más de 450 millones de consumidores con alto poder adquisitivo. Pero el verdadero valor del acuerdo va mucho más allá del comercio.

Europa también apuesta por invertir en México. El programa Global Gateway contempla recursos superiores a los cinco mil millones de euros destinados a infraestructura estratégica, energías renovables, movilidad sostenible, conectividad digital, industria farmacéutica y proyectos de economía circular. Es decir, inversiones orientadas precisamente hacia los sectores que definirán la competitividad durante las próximas décadas.

En paralelo, el tratado con la Asociación Europea de Libre Comercio —integrada por Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein— continúa consolidando una relación económica de alto valor agregado.

Suiza se mantiene como uno de los principales inversionistas europeos en México mediante empresas líderes en la industria farmacéutica, tecnológica y manufacturera, mientras Noruega incrementa su presencia en proyectos vinculados con energías limpias, aluminio e infraestructura industrial.

Asia también ocupa un lugar cada vez más importante dentro de esta estrategia.

El acuerdo económico con Japón, vigente desde 2005, se ha convertido en uno de los pilares de la relación entre ambas economías. Las inversiones japonesas en la industria automotriz y manufacturera han contribuido a transformar regiones completas del país, particularmente en el Bajío, donde hoy operan algunos de los complejos industriales más sofisticados de América Latina.

El fenómeno del nearshoring ha fortalecido todavía más esa relación. Buena parte de las empresas japonesas no sólo mantienen sus operaciones en México, sino que reinvierten constantemente sus utilidades, una señal de confianza que pocas veces recibe suficiente atención.

Corea del Sur sigue una ruta similar. Aunque todavía no existe un tratado de libre comercio bilateral, más de dos mil empresas coreanas participan activamente en la economía mexicana, especialmente en sectores como electrónica, manufactura avanzada y producción automotriz.

La expansión de estas compañías demuestra que la competitividad de México ya no depende únicamente de su cercanía con Estados Unidos, sino también de su capacidad para integrarse en las nuevas cadenas globales de suministro.

En América del Sur también aparecen oportunidades relevantes.

Brasil, la mayor economía latinoamericana, mantiene una relación comercial cada vez más dinámica con México a través de los acuerdos suscritos en la ALADI. A ello se suma la reciente cooperación entre Pemex y Petrobras, una alianza que podría abrir espacios de colaboración tecnológica en exploración, refinación y transición energética.

Todo este escenario refleja una transformación silenciosa de la política comercial mexicana.

El objetivo ya no consiste únicamente en exportar más, sino en construir una economía menos vulnerable a los ciclos políticos de un solo país. La revisión permanente del T-MEC, las tensiones arancelarias de los últimos años y la creciente competencia internacional obligan a pensar en una estrategia de largo plazo basada en la diversificación.

Eso no significa abandonar Norteamérica.

Sería un error interpretar la diversificación como un distanciamiento de Estados Unidos. El T-MEC seguirá siendo, por muchos años, la plataforma económica más importante para México y el principal motor de su industria exportadora.

Pero una economía moderna no puede depender exclusivamente de una sola puerta de acceso al mundo.

La verdadera fortaleza comercial de México consistirá en aprovechar simultáneamente su integración con Norteamérica, ampliar su presencia en Europa, consolidar sus vínculos con Asia y fortalecer las oportunidades que ofrece América Latina.

En un entorno internacional marcado por la incertidumbre, diversificar ya no es una alternativa de política económica. Es una necesidad estratégica para garantizar un crecimiento más sólido, atraer inversiones de mayor calidad y fortalecer la posición de México dentro de la economía global.

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