Así lo dice La Mont
Equilibrio: El silencio del océano Pacífico se rompió no con el oleaje, sino con el rugido sordo de un misil balístico intercontinental que emergió desde las profundidades. Al lanzar este proyectil desde un submarino de propulsión nuclear, la República Popular China no solo ejecutó una proeza de ingeniería militar, sino que alteró el tablero geopolítico de la región al poner en entredicho su adhesión al emblemático Tratado de Rarotonga de 1985. Este acuerdo, que durante décadas funcionó como un pacto de estabilidad y desnuclearización en el Pacífico Sur, quedó seriamente cuestionado. Las repercusiones políticas del lanzamiento no tardaron en manifestarse en un coro de reclamos diplomáticos coordinados desde Wellington, Canberra y Tokio.
Para Nueva Zelanda, histórica defensora del pacifismo antinuclear en la región, el ensayo representa una afrenta directa a la seguridad de su entorno. Para Australia y Japón, la maniobra confirmó sus peores temores sobre el expansionismo de una superpotencia que ya no se siente atada a los compromisos del siglo pasado y que está dispuesta a proyectar su fuerza donde antes prevalecía el consenso multilateral.
La naturaleza de esta prueba obliga a los historiadores y analistas a preguntarse cuáles son las verdaderas intenciones detrás del despliegue: ¿nos encontramos ante una advertencia explícita dirigida a Washington o frente a una demostración de una hegemonía naval que ya es una realidad? La respuesta no es excluyente, sino complementaria. Por un lado, el lanzamiento opera como un recordatorio estratégico para la Casa Blanca ante la eventualidad de que decida intervenir militarmente para impedir la reunificación de Taiwán con China continental. Beijing envía un mensaje inequívoco: posee la capacidad tecnológica para alcanzar territorio estadounidense desde plataformas submarinas móviles y de difícil detección, elevando considerablemente el costo estratégico de una eventual intervención.
Por otro lado, el ejercicio busca evidenciar un objetivo largamente perseguido por el régimen chino: demostrar que su poder naval y nuclear ha superado al de potencias tradicionales como el Reino Unido y, en algunos sectores específicos, incluso compite con el de Estados Unidos. Ya no se trata de una fuerza costera con fines defensivos, sino de una armada de aguas azules con capacidad de disuasión y proyección global.
Poderío chino: Esta demostración de fuerza se alinea con precisión con las directrices impulsadas por el presidente de China y secretario general del Partido Comunista, Xi Jinping, respecto al futuro de Taiwán, antigua Formosa. En la doctrina oficial de Beijing, la unificación no constituye una aspiración negociable, sino un mandato histórico ineludible. Conforme a los objetivos estratégicos fijados por la dirigencia del Partido, el calendario parece haberse acortado significativamente.
Xi Jinping estableció como meta que, para 2027, el Ejército Popular de Liberación alcance la capacidad plena para ejecutar una eventual operación militar a través del estrecho de Taiwán, en caso de fracasar la vía pacífica. Si se toma como referencia el horizonte de 2049, fecha prevista para culminar la denominada «gran revitalización de la nación china», resulta evidente que el margen de maniobra para Taipéi se reduce cada vez más.
La presión psicológica derivada de este lanzamiento sugiere que Beijing busca acelerar los tiempos y deja entrever que el control sobre Taiwán podría intentarse antes de lo que estiman diversos analistas occidentales. Dentro de esta narrativa de orgullo nacional y fortalecimiento militar, el 106 aniversario del Partido Comunista de China adquiere un significado que trasciende la simple conmemoración política. En la liturgia del régimen, cada aniversario constituye un examen de legitimidad y una oportunidad para exhibir los logros alcanzados.
Llegar a esta fecha con una armada que rivaliza abiertamente con las principales potencias occidentales y con capacidades tecnológicas capaces de desafiar los equilibrios estratégicos internacionales constituye, para Beijing, una poderosa narrativa de éxito. El aniversario no solo se celebrará con desfiles y discursos sobre el socialismo con características chinas, sino que será presentado como la prueba de que, bajo el liderazgo de Xi Jinping, el país dejó atrás el llamado «siglo de la humillación».
El misil lanzado desde el submarino nuclear constituye el prólogo de esa narrativa: un mensaje dirigido al interior de China que vincula la permanencia del Partido Comunista con la defensa de la soberanía nacional sobre sus aguas e islas, reforzando la idea de que el destino del Partido y el de la nación forman una sola fuerza.