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Metro: patología de ambición

Staff Domo de Cristal
Metro CDMX

Así lo dice La Mont

Epicentro: La Ciudad de México se mueve bajo tierra, pero sus cimientos muestran una fragilidad política que no puede ocultarse tras el estruendo de los convoyes. En las últimas semanas, los usuarios del Sistema de Transporte Colectivo Metro pasamos de la resignación a una incertidumbre peligrosa, debido a los paros escalonados de trabajadores que, bajo la narrativa de la exigencia laboral, esconden una lucha de poder que parece sacada de un guion del siglo pasado.

No se trata de una movilización espontánea de la base, sino de una maniobra orquestada desde la cúpula de un sindicato que ha operado como un feudo personal durante casi cinco décadas. En este escenario, el ciudadano de a pie se convierte en rehén de una estructura que prioriza la herencia de privilegios sobre la seguridad ferroviaria y la eficiencia del servicio.

La parálisis del Metro no es solo un asunto de falta de refacciones o presupuesto, sino el síntoma de una patología institucional encarnada en un liderazgo sindical que se ha perpetuado por casi 50 años. Mientras los trenes sufren averías constantes y las estaciones presentan un deterioro visible, la dirigencia sindical se dedica a blindar una estructura de nepotismo, donde los cargos y las prebendas se reparten entre familiares y círculos cercanos.

Esta dinámica de “empresa familiar” dentro de una entidad pública revela un entorno donde la rendición de cuentas es inexistente y cualquier intento de modernización es visto como una amenaza a la cuota de poder establecida. Los paros escalonados, lejos de ser una herramienta de justicia social, funcionan como un mecanismo de presión para mantener un status quo que beneficia a unos cuantos apellidos, mientras millones de personas arriesgan su integridad en traslados cada vez más caóticos e impredecibles.

SOS: La gravedad de la situación radica en que el riesgo para el usuario dejó de ser algo estadístico para convertirse en una realidad cotidiana. Los retrasos deliberados y la suspensión parcial de actividades en horas pico no solo afectan la productividad de la ciudad, sino que generan aglomeraciones que comprometen los protocolos de protección civil.

Resulta una contradicción que un servicio esencial para la movilidad de la capital sea empleado como ficha de cambio por un cacicazgo que se niega a soltar el control. La longevidad de este liderazgo sindical ha permitido la creación de una red de complicidades que hace casi imposible cualquier reforma estructural profunda, dejando a la administración en turno en una posición de vulnerabilidad o, en el peor de los casos, de complacencia táctica para evitar un colapso total de la ciudad.

Realidad: En el otro extremo de esta crisis de gestión se encuentra la figura de su director general, Adrián Ruvalcaba, cuyo futuro al frente del organismo es cada vez más incierto. Mientras el Metro atraviesa una de sus etapas más críticas, la percepción pública y las auditorías internas sugieren claroscuros, como una distracción en las prioridades de la dirección.

Resulta difícil justificar la estabilidad de un sistema que requiere atención de emergencia cuando los recursos, tanto financieros como políticos, parecen canalizarse hacia una estrategia de imagen personal. La gestión de una de las redes de transporte más grandes del mundo exige una dedicación absoluta y técnica; sin embargo, lo que se observa es una administración que parece más interesada en la próxima contienda electoral —por ejemplo, en Cuajimalpa— que en el mantenimiento de las vías y los sistemas de señalización.

Culto a la personalidad: La promoción personal de Ruvalcaba ha encendido las alarmas en diversos sectores de la administración pública. Se le acusa de dilapidar recursos que deberían destinarse a la mitigación de riesgos operativos en una campaña mediática cuyo objetivo final sería su regreso, el 1 de octubre de 2027, a Cuajimalpa.

Esta ambición política, legítima en otros contextos pero inoportuna en el actual, crea un vacío de liderazgo en el Metro. Es una paradoja administrativa: mientras el sindicato bloquea el sistema desde adentro para proteger sus canonjías, el titular del organismo parece tener la mirada puesta fuera de las estaciones, calculando votos en lugar de supervisar los protocolos de seguridad.

La promoción de su imagen en redes sociales y eventos públicos contrasta de manera ofensiva con los reportes de fallas eléctricas y el desgaste estructural de las líneas más antiguas. Esta dualidad de crisis —un sindicato anquilosado en el nepotismo y una dirección distraída por aspiraciones electorales— coloca al Metro de la Ciudad de México en un punto de no retorno.

La falta de una política de transporte coherente y centrada en el usuario es la consecuencia directa de utilizar una institución estratégica como trampolín político o como botín gremial. Los recursos que se pierden en la promoción personal de Ruvalcaba son los mismos que faltan en los talleres de mantenimiento; los minutos que los usuarios pierden en los andenes, debido a los paros sindicales, son el costo de un liderazgo que envejece sin evolucionar.

La incertidumbre sobre el futuro del director no es solo un asunto de nombres, sino de la viabilidad misma de un sistema que no puede permitirse un solo error más.

Por: Federico Lamont 

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