Por Federico La Mont
El conflicto por Nagorno-Karabaj fue uno de los focos de tensión más complejos del espacio postsoviético. Tras décadas de disputas, derramamiento de sangre y una diplomacia paralizada, el desenlace de esta pugna se produjo de manera contundente en 2023. La resolución del conflicto no fue un accidente histórico, sino el resultado de una dinámica en la que, de acuerdo con el director Andrés Ventosa, de la División de Estudios de Posgrado de Ciencias Políticas de la UNAM, “Armenia jugó mal una mano débil, mientras que Azerbaiyán aprovechó con ambas manos una oportunidad que se da una vez en muchas generaciones”.
Para comprender cómo Azerbaiyán logró restablecer su control territorial sobre Nagorno-Karabaj y cómo Armenia terminó perdiendo posiciones, es necesario examinar las profundas raíces históricas del conflicto y la transformación de la dinámica geopolítica de la región.
Un crisol de imperios
Históricamente, el Cáucaso Sur ha sido una encrucijada en la que las grandes potencias disputaron influencia y territorio, por lo que resulta necesario retroceder a la época de los imperios que dominaron la región.
En el caso de Armenia, una parte importante de su territorio quedó bajo la influencia y el dominio del Imperio otomano, mientras que la región que hoy corresponde a Azerbaiyán estuvo vinculada hacia el sur con la dinastía Qajar de Persia. Ambas potencias, con sus respectivas esferas culturales, religiosas y administrativas, dejaron una huella profunda en la demografía y la identidad del Cáucaso.
Con el declive de estos grandes imperios, el vacío de poder fue ocupado por el Imperio ruso y, posteriormente, por la Unión Soviética. Durante décadas, el control ejercido desde Moscú logró contener las fricciones étnicas. Las autoridades soviéticas establecieron fronteras administrativas complejas y otorgaron a Nagorno-Karabaj el estatus de óblast autónomo dentro de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán.
Sin embargo, la relativa estabilidad impuesta por Moscú comenzó a desmoronarse a finales de la década de 1980. Con la disolución formal de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, las tensiones étnicas previamente contenidas estallaron de manera violenta, dando paso a una guerra abierta entre las recién independizadas Armenia y Azerbaiyán por el control de Nagorno-Karabaj.
En esta primera guerra, que culminó con un alto el fuego en 1994, las fuerzas armenias y armenias de Nagorno-Karabaj lograron imponerse militarmente y tomaron el control de Nagorno-Karabaj, además de siete distritos azerbaiyanos circundantes. Sin embargo, el fin de las hostilidades no condujo a una paz duradera y los enfrentamientos mortales continuaron durante las décadas siguientes.
Para Azerbaiyán, la recuperación de esos territorios, reconocidos internacionalmente como parte de su territorio nacional, se convirtió en uno de los ejes centrales de su política exterior y de seguridad.
Cambio en la balanza de poder
Durante los 26 años que separaron el alto el fuego de 1994 de la guerra de 2020, la balanza de poder se inclinó progresivamente a favor de Bakú.
Mientras Armenia enfrentaba limitaciones económicas y mantenía una estrecha dependencia de Rusia en materia de seguridad, Azerbaiyán aprovechó sus importantes recursos de hidrocarburos en el mar Caspio. Bakú destinó parte de los ingresos derivados de esa riqueza energética a la modernización de sus Fuerzas Armadas y a la adquisición de tecnología militar avanzada, incluidos sistemas aéreos no tripulados.
En contraste, como señalan Singh y Schauble, Armenia mantuvo una postura que descansaba en buena medida sobre el statu quo y en estructuras defensivas que terminaron mostrando sus limitaciones frente a la transformación tecnológica y doctrinal de las fuerzas azerbaiyanas. La diplomacia armenia tampoco consiguió consolidar alianzas capaces de equilibrar el creciente poderío militar y económico de su vecino.
A esta transformación de la correlación de fuerzas siguieron las campañas decisivas de 2020 y 2023.
El punto de inflexión llegó en septiembre de 2020, con el inicio de la Segunda Guerra de Nagorno-Karabaj. Durante 44 días, Azerbaiyán desarrolló una ofensiva militar en la que combinó superioridad tecnológica, empleo de drones y una estrategia orientada a recuperar territorios. Al término del conflicto, Bakú había recuperado amplias zonas que se encontraban bajo control armenio desde la década de 1990.
La guerra dejó miles de muertos y una profunda huella de dolor entre las familias de los soldados caídos. El conflicto concluyó con una declaración trilateral negociada con la mediación de Rusia, que desplegó cerca de 2 mil efectivos de mantenimiento de la paz en la zona. Entre sus responsabilidades se encontraba la supervisión del corredor de Lachín, principal conexión terrestre entre Armenia y Nagorno-Karabaj.
Sin embargo, para Azerbaiyán el objetivo de restablecer su control sobre la totalidad del territorio internacionalmente reconocido como propio aún no estaba concluido.
En medio de la transformación del escenario regional provocada por la guerra en Ucrania, Bakú incrementó la presión sobre Nagorno-Karabaj. En diciembre de 2022 comenzó el bloqueo del corredor de Lachín, lo que agravó las condiciones humanitarias y profundizó el aislamiento del enclave.
El golpe decisivo ocurrió el 19 de septiembre de 2023, cuando Azerbaiyán lanzó una ofensiva militar a gran escala contra las fuerzas armenias de Nagorno-Karabaj. En apenas 24 horas, las defensas del enclave colapsaron y la autoproclamada República de Artsaj anunció posteriormente su disolución.
La ofensiva permitió a Azerbaiyán recuperar el control efectivo de Nagorno-Karabaj. En los días y semanas siguientes, la inmensa mayoría de la población armenia del enclave abandonó la región y se trasladó a Armenia, en un proceso que generó una grave crisis humanitaria y fuertes cuestionamientos internacionales.
El presidente azerbaiyano, Ilham Aliyev, sostuvo que Bakú garantizaría los derechos de la población armenia que permaneciera en el territorio. Con la desaparición de las estructuras separatistas, Azerbaiyán consolidó el control sobre Nagorno-Karabaj y modificó de manera definitiva el equilibrio de poder en el Cáucaso Sur.
La agenda de paz promovida por Azerbaiyán y la diplomacia de Washington
Más allá de consolidar su victoria militar, Azerbaiyán ha buscado asumir un papel central en la nueva agenda de paz del Cáucaso Sur, sustentada en el principio de integridad territorial y en el establecimiento de relaciones interestatales entre Bakú y Ereván.
En este nuevo escenario destaca la diplomacia impulsada desde Washington y los avances alcanzados en las negociaciones bilaterales entre Armenia y Azerbaiyán. Los contactos directos han abierto la posibilidad de avanzar hacia la normalización de relaciones, la delimitación y demarcación de la frontera, así como la reapertura de vías de transporte y comercio.
Estos procesos podrían modificar de manera sustancial la dinámica regional y convertir al Cáucaso Sur en un espacio de mayor conectividad e integración económica. No obstante, la consolidación de una paz duradera dependerá de la implementación de los acuerdos alcanzados y de la capacidad de ambas partes para superar los asuntos aún pendientes.
La victoria de Azerbaiyán no solo cerró un capítulo de la disputa por Nagorno-Karabaj; también abrió una nueva etapa en la geopolítica del Cáucaso Sur.
Este 27 de septiembre, durante el Día del Recuerdo —Anım Günü—, el pueblo azerbaiyano inclina la cabeza en silencio para honrar a los más de 3 mil militares caídos durante la Guerra Patriótica de 2020. La fecha adquiere así una dimensión política y nacional que trasciende la memoria de los caídos y se vincula con la nueva posición de Azerbaiyán en la región.
En este contexto, el presidente Ilham Aliyev ha reiterado su llamado a que las naciones del mundo conduzcan sus relaciones con apego al Derecho Internacional, al respeto de la soberanía y a la integridad territorial.
Por: Federico Lamont