Tengo otros datos
Por: Eduardo Esquivel Ancona
Las cifras más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) vuelven a poner sobre la mesa un debate que parecía resuelto: ¿se subestimó la capacidad de recuperación de la economía mexicana?
El Indicador Oportuno de la Actividad Económica (IOAE) estima que durante junio la actividad económica creció 1.7% a tasa anual y 0.2% respecto al mes previo, impulsada principalmente por el dinamismo del sector terciario —comercio y servicios—, que avanzó 2.2%, mientras que las actividades secundarias, donde se ubican la industria manufacturera y la construcción, registraron un crecimiento anual de 0.5%.
Aunque no se trata de cifras espectaculares, sí representan una señal que contrasta con el escenario de desaceleración que durante meses han proyectado organismos nacionales e internacionales. De mantenerse esta tendencia, varios de los pronósticos más conservadores podrían quedar rebasados por la realidad.
La diferencia entre los datos del Inegi y las estimaciones de instituciones como el Banco de México, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) radica en la metodología y el horizonte de análisis.
Mientras el IOAE mide el comportamiento prácticamente en tiempo real de la economía, los organismos financieros elaboran proyecciones para el conjunto del año incorporando riesgos estructurales como la incertidumbre comercial con Estados Unidos, la revisión del T-MEC, la política arancelaria, la moderación de la inversión pública derivada de la consolidación fiscal y la cautela del capital privado.
Banxico, por ejemplo, redujo recientemente su expectativa de crecimiento para 2026 de 1.6% a 1.1%, argumentando el débil desempeño observado durante el primer trimestre y la persistencia de riesgos externos. Sin embargo, el repunte registrado durante el segundo trimestre sugiere que la actividad económica comenzó a recuperar tracción, particularmente en los servicios, el principal motor del mercado interno.
La aparente contradicción entre ambas mediciones no significa necesariamente que una esté equivocada. Simplemente reflejan perspectivas distintas. El Inegi retrata el presente; Banxico proyecta el comportamiento del año completo bajo un escenario de cautela.
Algo similar ocurre con el Banco Mundial, que mantiene una previsión de crecimiento de 1.3% para México durante 2026. Si bien dicha estimación continúa siendo prudente, los datos más recientes muestran una economía con mayor resiliencia de la prevista y abren la posibilidad de revisiones al alza si el ritmo de recuperación se consolida durante el segundo semestre.
Más llamativo resulta el caso de la OCDE, cuyo pronóstico para México apenas alcanza 0.8%, uno de los más bajos entre los principales organismos internacionales. Su diagnóstico descansa en la elevada dependencia del mercado estadounidense y en la incertidumbre que genera la revisión del T-MEC, factores que, según el organismo, seguirán limitando la inversión y el crecimiento.
El Fondo Monetario Internacional tampoco escapó al tono conservador. Su previsión cercana a 1.2% se sustentó en los riesgos derivados del entorno internacional, las tensiones comerciales y la volatilidad de los mercados energéticos. Sin embargo, el desempeño observado durante junio comienza a cuestionar si esos factores tendrán un impacto tan severo como se anticipaba hace apenas unos meses.
Naturalmente, un solo dato mensual no modifica el panorama económico de todo un año. Persisten desafíos importantes: la evolución de la economía estadounidense, el comportamiento de la inversión privada, la inflación, las tasas de interés y el desenlace de la revisión del T-MEC seguirán siendo variables determinantes para el crecimiento nacional.
No obstante, los indicadores recientes sí dejan una conclusión relevante: la economía mexicana parece haber salido del bache con mayor rapidez de la que esperaban varios analistas. Si el dinamismo del segundo trimestre se mantiene, las previsiones más pesimistas podrían quedarse cortas y obligar a los organismos financieros a revisar nuevamente sus cálculos.
La historia económica demuestra que las proyecciones son herramientas de referencia, no sentencias definitivas. Y, por ahora, los números comienzan a sugerir que la realidad está avanzando a un ritmo más favorable que el anticipado por buena parte del consenso internacional.