A la Caza de las Ideas
Por Juan Ayón
Las guerras del siglo XX se libraron con ejércitos, armas y medios de comunicación masiva; las del siglo XXI se disputan mediante bombardeos y asaltos artillados, algoritmos, plataformas digitales y sistemas de inteligencia artificial. Lo que ha cambiado no es el objetivo —influir en la conducta de las sociedades— sino las tecnologías con las que se ejerce ese poder.
El capitalismo salió fortalecido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos como su principal líder y defensor de la propiedad privada y el libre comercio, bajo la bandera de las libertades políticas y civiles de una democracia orientada al desarrollo y dominio empresarial. La aristocracia, los empresarios y los defensores de esa concepción de la democracia consideraron que la expansión del bloque socialista representaba una amenaza para sus intereses, por lo que emprendieron diversas acciones para contenerla.
Los gobiernos occidentales recurrieron a todos los recursos que tuvieron a su alcance para desprestigiar al bloque socialista: impulsaron guerras focalizadas, desarrollaron operaciones de espionaje, proscribieron partidos socialistas y comunistas en el mundo occidental, persiguieron a personajes públicos, organizaciones progresistas y defensores de los derechos humanos, respaldaron dictaduras militares, financiaron movimientos contrarrevolucionarios y detuvieron, torturaron y asesinaron a numerosos líderes populares. Asimismo, distribuyeron propaganda y lanzaron volantes desde aeronaves sobre territorios socialistas con el propósito de incitar a la rebelión contra sus gobiernos.
Sin embargo, donde desarrollaron una estrategia multidisciplinaria más profunda, incluso con participación militar, fue en el uso de la tecnología para comunicar. A los medios tradicionales, como el cine y la prensa escrita, se sumaron la radio y la televisión, que rápidamente se convirtieron en parte de la vida cotidiana de millones de familias. Con el apoyo de especialistas en diversas disciplinas, estos medios fueron utilizados para influir, condicionar y moldear la percepción del público, una práctica que, desde mi perspectiva, continúa hasta nuestros días.
Durante el periodo conocido como la Guerra Fría, el principal adversario del capitalismo fue el socialismo. En ese contexto, la radio y la televisión, las grandes revoluciones tecnológicas del siglo XX, desempeñaron un papel fundamental en la construcción de una narrativa que justificaba las acciones emprendidas para frenar el avance del comunismo. Los comunistas fueron presentados como una amenaza permanente, una representación del mal que acechaba a quienes se asumían como los defensores de la democracia, los buenos.
La televisión dejó de ser un símbolo de estatus para convertirse en el medio masivo por excelencia. Gran parte de su programación exaltó al gobierno de Estados Unidos como el principal defensor de la democracia y de las libertades individuales. Bajo un discurso que apelaba (y que actualmente sigue en uso) incluso a Dios, se promovía la defensa de la propiedad privada, el libre comercio y el modo de vida occidental frente a los comunistas, retratados como “engendros del diablo” y enemigos a vencer. Sin embargo, desde esta perspectiva, lo que realmente se protegía era un sistema económico basado en la explotación de las mayorías por una minoría y en un modelo de consumo de productos, “cosas”, que permanece vigente.
A decir del filósofo y politólogo esloveno Slavoj Zizek; el filósofo italiano, Norberto Bobbio y el historiador inglés, Tony Judt, (aunque provienen de tradiciones intelectuales distintas, coinciden en que la confrontación entre capitalismo y socialismo durante la Guerra Fría produjo modelos políticos que privilegiaron dimensiones diferentes de la democracia) consideraron, en términos generales, que en los países capitalistas una concepción de la democracia centrada en las libertades políticas y civiles; sin embargo, ello no siempre se tradujo en una mejora sustancial de la calidad de vida de las mayorías. En contraste, el bloque socialista le dio prioridad a la seguridad social, educación y mejoras materiales de la población, aunque restringió las libertades y los derechos civiles.
Las reflexiones de estos tres autores permiten comprender tanto las fortalezas como las contradicciones de la democracia occidental y, al mismo tiempo, analizar las causas de la desintegración del bloque socialista. Desde esta perspectiva, el fracaso de este último no obedeció necesariamente a la invalidez de sus principios ideológicos, sino, en gran medida, a la corrupción, los abusos de poder y la burocratización de sus gobiernos. Sin embargo, los medios de comunicación masiva siempre han crucificado “al comunismo” como satánico, malo, perjudicial, y hasta de “come niños”, pero nunca cuestionaron que la libre empresa y el libre comercio agravaron las desigualdades, la pobreza y la pobreza extrema en el Mundo Occidental. Quien lo hacía (y hace) es señalado, proscrito, encarcelado, torturado, desaparecido o asesinado.
El jurista y estudioso de la democracia, Maurice Duverger, publicó el 29 de julio de 1991, en el diario español El País, el artículo “La transición comunista a la democracia”, en el que advirtió sobre los riesgos que enfrentarían los países del bloque socialista tras su desintegración. Sostuvo que el tránsito hacia la democracia podía derivar tanto en la permanencia de prácticas autoritarias heredadas de los regímenes socialistas como en el ascenso de movimientos de extrema derecha, ultranacionalistas, racistas y fascistas.
Duverger fundamentó esta advertencia en la profunda crisis interna que atravesaban los países socialistas. La corrupción, los abusos de poder, el distanciamiento de las élites gobernantes respecto de la sociedad y la creciente atracción que ejercía el modelo occidental contribuyeron al colapso del bloque socialista. Décadas después, el resurgimiento de gobiernos con tendencias autoritarias y nacionalistas en distintas regiones del mundo ha reavivado la vigencia de su reflexión y ha puesto de manifiesto que la transición hacia la democracia no garantizaba, por sí misma, la consolidación de regímenes plenamente democráticos.
Por su parte, estudiosos de la propaganda y los medios de comunicación como Harold Lasswell, Noam Chomsky, Edward S. Herman y Herbert Marcuse sostuvieron que las superpotencias occidentales utilizaron los medios de comunicación de masas para moldear la opinión pública y legitimar la lucha anticomunista durante la Guerra Fria. Desde entonces, los medios de comunicación masiva han desempeñado un papel fundamental en la difusión y reproducción de los valores políticos, económicos y culturales del capitalismo, presentándolo con frecuencia como el modelo hegemónico y la única alternativa viable de organización social, mientras relegan o deslegitiman otras formas de entender el desarrollo y la vida política.
Sin embargo, muchas de las contradicciones que la democracia occidental había mantenido ocultas comenzaron a salir a la luz. En 1972, Armand Mattelart publicó Agresión desde el espacio. Cultura y napalm en la era de los satélites, una investigación pionera en la que analizó el imperialismo estadounidense y las estrategias de expansión militar, tecnológica, ideológica y comunicacional que sustentaron su influencia global.
En esta obra, Mattelart documentó los vínculos entre los grandes consorcios de la comunicación, la industria armamentista, el sector aeroespacial y la explotación de materias primas, no sólo en América Latina, sino también en otras regiones del mundo. Su análisis sostiene que esta élite empresarial constituye uno de los principales núcleos de poder económico en Estados Unidos y ejerce una influencia significativa sobre la definición de políticas públicas, incluidas las relacionadas con la seguridad nacional y la política exterior. Desde esta perspectiva, cuestiona el alcance real de una democracia en la que las decisiones estratégicas pueden quedar fuertemente condicionadas por los intereses de los grandes grupos corporativos, más que por la voluntad de la ciudadanía.
Por otra parte, Maurice Duverger sostuvo que, en una democracia, los partidos de masas surgidos de los movimientos sociales desempeñan un papel fundamental para garantizar la representación política y fortalecer la igualdad ciudadana. Su debilitamiento o desaparición supondría un deterioro de la participación política y alimentaría el desencanto con la democracia.
En tanto, a inicios de la década de los 70, subrayó Mattelart, la élite empresarial estadounidense se escondía en siglas como INTELSAT (The International Commercial Communications Satellite Consortium) y COMSAT (Comunication Satellite Corporation), que nacieron bajo los auspicios de la ITU (International Telecommunications), la cual patrocinaba programas educativos vía satélite para los países subdesarrollados. A pesar de que se considera un esfuerzo multinacional, las decisiones y los contratos para el desarrollo de la tecnología satelital favorecieron a las industrias estadounidenses como la Western Union, Radio Corporation of America (RCA), American Telephon and Telegrafic (ATT), International Telephone and Telegraph (ITT), Hughes Aircraft, Western Tele-Comunications, MCI Lockeed Satellite y la Fairchild Industries.
Durante la “Guerra Fría”, las trasnacionales de comunicación como son las que se enlistan en el párrafo anterior, fueron la columna vertebral de la defensa nacional de Estados Unidos, por lo que consideraba a los medios de comunicación de masas y a las comunicaciones en general como una infraestructura imprescindible y por ello, los monopolios de las telecomunicaciones privados trabajaron estrechamente con el Gobierno y el Pentágono.
La Western Union fue esencial para la creación de las telecomunicaciones y de las flotas de satélites. La ITT en apoyo a la política exterior de La Casa Blanca, buscó proteger sus inversiones y frenar la expansión de los gobiernos socialistas en América Latina. En el caso de la caída de Salvador Allende, su participación fue muy bien documentada. La ATT y sus subsidiarias Western Electric y Bell Labs, operaron para el desarrollo de defensas continentales, sistemas de comunicaciones gubernamentales y tecnología balística; construyó la línea DEW (Distant Early Warning) una cadena de más de 60 estaciones de radar a lo largo del Círculo Polar Ártico contra un posible ataque ruso, así como infraestructura antibalística y una red nacional en caso de ataques nucleares que se encuentra en bunkers subterráneos y generadores independientes en Estados Unidos.
La RCA que todo mundo conoce como la compañía discográfica, en la Guerra Fría desarrollo dispositivos radio-electrónicos usados en la inteligencia estadounidense y en los sistemas de alerta y en los aviones militares, Su cadena subsidiaria, National Broadcasting Company, la NBC, transmitía programas y acciones del qué hacer si llegaba a Estados Unidos el “Terror Rojo”. Por eso, muchos hogares estadounidense tienen bunkers en los patios de sus casas por si llegaba un ataque comunista. En general, la televisión fue (y por desgracia, lo es todavía) utilizada para crear la imagen de que el comunismo es el mal de todo. Es el enemigo que quiere destruir todo lo que significa Estados Unidos.
En el contexto de la Guerra Fría, el Departamento de Defensa de Estados Unidos creó la Advanced Research Projects Agency Network (ARPANET), considerada el antecedente de lo que hoy conocemos como Internet. Su propósito inicial fue desarrollar una red de comunicación militar que permitiera el intercambio seguro de información estratégica y de inteligencia. Con el tiempo, esa tecnología se extendió a universidades y centros de investigación bajo el argumento de fomentar el intercambio científico y académico.
Aunque ARPANET desapareció como proyecto original y dio paso al desarrollo de Internet, la red también se convirtió en una herramienta que facilita a los gobiernos —especialmente a las grandes potencias— la recopilación de información sobre millones de usuarios. Paralelamente, comenzó a estudiarse el potencial de Internet y, posteriormente, de las redes sociales como instrumentos de persuasión política y de difusión propagandística.
En el siglo XXI, el avance de gobiernos progresistas y la expansión de agendas relacionadas con la inclusión social, el reconocimiento de los derechos de las minorías, el movimiento LGBTIQ+, el feminismo, la igualdad de género, los derechos de las personas migrantes y una distribución más equitativa de la riqueza despertaron preocupación entre diversos sectores del poder económico. Desde esta perspectiva, dichas transformaciones fueron percibidas como un desafío al modelo dominante, lo que favoreció el fortalecimiento de movimientos neofascistas, ultranacionalistas y racistas, particularmente en Estados Unidos y Europa.
Esta tendencia comenzó a manifestarse durante la primera administración de Donald Trump. Si bien su discurso ultranacionalista generó rechazo en distintos sectores de la sociedad, también impulsó una estrategia orientada a disputar el terreno de la opinión pública mediante el uso intensivo de Internet y las redes sociales. En esa narrativa, los riesgos para la seguridad nacional dejaron de atribuirse exclusivamente al comunismo y comenzaron a asociarse con los migrantes, el crimen organizado y el «narcoterrorismo».
Los mecanismos de planeación, desarrollo y operación de estas estrategias de comunicación son analizados en el libro El sicariato informativo. El algoritmo, su arma letal, escrito por José Sobrevilla y por quien suscribe este artículo. Desde esta óptica, las declaraciones del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, durante una reunión celebrada el 16 de julio de 2026 con representantes de 66 países en Washington, refuerzan esa interpretación al señalar la existencia de un supuesto terrorismo político de extrema izquierda que, según esa postura, debe ser aniquilado.
Actualmente, ya no son únicamente las grandes compañías de telecomunicaciones las que participan en la disputa por la opinión pública. Ese papel ha sido asumido por las empresas tecnológicas establecidas en Silicon Valley, propietarias de las principales plataformas digitales. En este contexto, Donald Trump ha recurrido, al igual que durante la Guerra Fría se hizo con la radio y la televisión, al uso de las nuevas tecnologías para influir en la percepción de millones de usuarios mediante sicarios de información, algoritmos y sistemas de distribución de contenidos.
A las tradicionales industrias vinculadas con la producción de armamento, la extracción de petróleo, la minería y otras actividades estratégicas se han sumado los propietarios de las grandes plataformas digitales. Entre ellos destacan Mark Zuckenberg, principal accionista de Meta (Instagram, Facebook, Threads y WhatsApp) y de reality labs (metaverso y hardware de realidad virtual); Larry Page y Sergey Brin, propietarios de Alphabet (Youtube, Gloogle, Waymo (vehículos autónomos), DeepMind (inteligencia artificial) y Google Cloud; Elon Musk, propietario de “X” antes Twitter; Tesla (vehículos eléctricos), SpaceX (industria aeroespacial), xAI (inteligencia artificial) y Neuralink (neurotecnologia); Microsoft (Linkedin), Xbox (videojuegos), Windows, Azure (nube) y OpenAI (inteligencia artificial) y Larry Ellison, el accionista mayoritario de Tik Tok en Estados Unidos y propietario de Oracle.
Tal parece que estamos en medio de una guerra cognitiva, donde el avance del neofascismo, el ultranacionalismo y diversas expresiones de racismo ha puesto en entredicho los ideales democráticos construidos durante el siglo pasado. En este contexto, numerosos gobiernos progresistas o con proyectos de mayor autonomía política en el llamado Tercer Mundo han enfrentado fuertes presiones internas y externas que han dificultado su consolidación.
Asimismo, el ascenso por segunda vez de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos reavivó el debate sobre la fortaleza de las instituciones democráticas de ese país y sobre el crecimiento de discursos nacionalistas, supremacistas y racistas. Para diversos analistas, estos fenómenos reflejan las tensiones que atraviesan las democracias contemporáneas y evidencian el resurgimiento de corrientes políticas de carácter autoritario en el seno del capitalismo actual, calificado ya como “salvaje”.
En la misma narrativa, el secretario de Estado de EU, Marco Rubio, anunció el 30 de marzo de este 2026, una estrategia dirigida a las embajadas y consulados estadounidenses en América Latina para fortalecer la imagen de Estados Unidos mediante la contratación de medios de comunicación, periodistas, creadores de contenido e influencers. Desde la perspectiva desarrollada en este ensayo, esa política constituye una expresión contemporánea de lo que se denomina sicariato informativo, en el que las plataformas digitales, los algoritmos y la comunicación estratégica se convierten en herramientas centrales para manipular las mentes de los usuarios y de la opinión pública.
Todo hace indicar que ya opera una agresión al progresismo mundial desde las redes sociales. Ya no son los satélites ni la televisión los instrumentos que manipulan las mentes de los ciudadanos, reitero son las redes sociales. por lo que se tienen que regular el mundo digital y crear un tejido social informado por el bien de los ciudadanos en la lucha por el poder.