
Así lo dice La Mont
Indefinición: La sombra de la violencia en el Estado de México dejó de ser un rumor de pasillo para convertirse en una realidad que incluso lacera a sus símbolos más sagrados. El atentado reciente en las Pirámides de Teotihuacán no fue solo un acto aislado, sino una muestra de la vulnerabilidad que alcanza al patrimonio histórico de la nación. Que un sitio de importancia mundial sea escenario de ataques directos revela que el control territorial por parte del Estado se encuentra en crisis; una inseguridad que refleja una responsabilidad ineludible de la administración estatal. Cuando el crimen se atreve a profanar los centros turísticos y culturales más vigilados del país, el mensaje es claro: no hay zonas de tregua ni perímetros seguros bajo la actual gestión mexiquense.
Gobernabilidad: Ante este panorama, la pregunta sobre si la gobernadora Delfina Gómez se encuentra rebasada por la criminalidad dejó de ser una crítica partidista para transformarse en una preocupación ciudadana constante. A pesar de las promesas de transformación y de un cambio en la estrategia de pacificación, los indicadores de delitos de alto impacto, como la extorsión y el homicidio doloso, sugieren que la maquinaria estatal se mueve a un ritmo mucho más lento que la evolución de las bandas delictivas. La percepción de un gobierno rebasado no solo nace de las cifras, sino de la aparente incapacidad para reaccionar con contundencia ante eventos que desafían directamente la autoridad estatal, lo cual refleja que la actual política de seguridad es más reactiva que preventiva. La silla de mando en el Palacio de Lerdo, en Toluca, no termina de encontrar el pulso para frenar la inercia violenta heredada y acrecentada.
Vacío: Esta pérdida de control no es homogénea, pero sí se extiende de manera alarmante a lo largo de las ocho regiones que componen la entidad. De ellas, al menos cinco presentan niveles de alerta roja, donde las fuerzas del orden parecen ceder el paso a gobiernos de facto de grupos criminales. Por ejemplo, la región de Tierra Caliente, el Valle de México y la zona sur del estado son territorios donde el flagelo de la inseguridad dicta nuevas normas de convivencia económica y social. En estas áreas, la entidad se ve superada no solo en potencia de fuego, sino también en inteligencia, permitiendo que el cobro de piso y el control de precios de productos básicos se conviertan en la ley cotidiana, ante la mirada impotente —o cómplice— de autoridades locales y estatales.
Gobierno alternativo: Dentro de esta geografía del miedo, municipios como Ecatepec, Chimalhuacán, Naucalpan y Tultitlán lideran la ola criminal a nivel nacional. Ecatepec se ha convertido en epicentro de la violencia de género y del robo, mientras que Naucalpan enfrenta una degradación acelerada de su seguridad pública debido a la disputa de plazas para el narcomenudeo. Parte de la explicación radica en su densidad poblacional y conectividad, lo que facilita el anonimato y la fuga de los delincuentes. En este contexto de inestabilidad, llama la atención que la administración de Delfina Gómez ya sume dos secretarios de Seguridad en un periodo relativamente corto. El primer titular, Andrés Andrade Téllez, salió del gabinete tras una serie de deslices operativos y una falta de coordinación que minó la confianza en su gestión. Su relevo, Cristóbal Castañeda Camarillo, llegó con la vitola de experto tras su paso por Sinaloa, enfrentando el reto titánico de depurar una corporación infiltrada y recuperar territorios que parecen perdidos.
La complejidad del conflicto mexiquense se entiende mejor al analizar el tablero que representan los grupos del crimen organizado en la entidad. El Estado de México es hoy un campo de batalla multiforme donde la Familia Michoacana mantiene un dominio férreo en el sur y el oeste, imponiendo un régimen de terror basado en la extorsión agrícola y comercial. Sin embargo, no están solos: el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) ha penetrado con fuerza en municipios colindantes con la Ciudad de México, buscando el control de rutas logísticas y del mercado de consumo masivo. A estos grupos se suman células remanentes de los Caballeros Templarios, así como organizaciones locales como la Unión Tepito, que se desborda desde la capital, además de bandas independientes dedicadas al huachicoleo en las zonas del norte. Esta fragmentación criminal convierte al Estado de México en un polvorín, donde las alianzas cambian y la violencia se recrudece en cada esquina.
Por: Federico Lamont
Domo de Cristal
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