Así lo dice La Mont
Como Teddy: La reactivación de la política del garrote por parte de Estados Unidos encontró en la revocación de visas una herramienta de presión discrecional, asimétrica e inapelable. Lejos de constituir un mero trámite administrativo, cancelar el visado a figuras de poder en México puede funcionar como una sanción política preventiva que no requiere el desahogo de pruebas ante un tribunal abierto.
El Departamento de Estado adopta estas determinaciones con base en la Ley de Inmigración y Nacionalidad (INA), particularmente en disposiciones como la sección 221(i), a partir de información generada por agencias de inteligencia, la DEA, el Departamento del Tesoro (OFAC) y reportes diplomáticos. Para Washington, retirar el permiso de entrada a su territorio no requiere necesariamente una sentencia penal previa, sino la existencia de elementos que permitan considerar que una persona incurre en conductas incompatibles con la seguridad estadounidense, corrupción o posibles vínculos con el crimen organizado.
De esta manera, la vía consular puede convertirse en un mecanismo de presión para marcar límites a gobernantes extranjeros, exigir cooperación en materia de combate al narcotráfico y aislar a perfiles considerados perjudiciales para los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos.
Objetivos: Los criterios del Departamento de Estado contemplan causales específicas, entre ellas la sección 7031(c), relacionada con corrupción significativa y otras conductas que pueden motivar restricciones migratorias. Sin embargo, existe un punto de quiebre cuando una acción consular da paso a una investigación criminal.
El caso transita de la esfera diplomática al Departamento de Justicia (DOJ) cuando las agencias de investigación criminal —DEA, FBI o HSI— consiguen convertir información de inteligencia en evidencia susceptible de ser presentada ante un gran jurado federal. Cuando se integran cargos por delitos transnacionales, como conspiración para importar sustancias ilícitas, lavado de dinero o delincuencia organizada bajo la legislación estadounidense, la investigación puede desembocar en una acusación formal, incluso bajo reserva (sealed indictment).
En ese contexto se ubican las alertas e investigaciones que suelen rodear a liderazgos de entidades fronterizas estratégicas. El escrutinio sobre aduanas, flujos financieros, financiamiento de campañas y operación territorial de grupos criminales coloca a gobiernos locales en una zona particularmente sensible entre la presión diplomática y una eventual judicialización en tribunales estadounidenses.
Observan: En los escritorios de la DEA y el FBI, la existencia de investigaciones sobre funcionarios y exservidores públicos mexicanos constituye una línea de trabajo permanente y no necesariamente una simple narrativa de presión política. Los antecedentes de exgobernadores de entidades como Tamaulipas, Quintana Roo, Chihuahua y Nayarit, así como de exsecretarios y mandos de seguridad federales procesados en Estados Unidos, muestran que las agencias estadounidenses han construido investigaciones a partir de testimonios de personas que colaboran con la justicia, intervenciones de comunicaciones y movimientos financieros internacionales.
Con la crisis del fentanilo convertida en una prioridad de seguridad para Washington, el escrutinio también se ha extendido a presidentes municipales, fiscales estatales, directores de corporaciones policiacas y legisladores en activo de distintas entidades mexicanas.
En fiscalías federales de California, Texas, Chicago y Nueva York pueden existir investigaciones y acusaciones bajo reserva que, cuando corresponda, esperen determinados momentos procesales o la pérdida de inmunidad para avanzar. El resultado es un escenario de creciente incertidumbre para sectores del poder político mexicano, particularmente en zonas estratégicas para el tráfico de drogas, las operaciones financieras y el comercio transfronterizo.