Opinión

Doctrina Preventiva Trump

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Staff Domo de Cristal
1 de julio de 2026, 8:27 pm
Tiempo 4 min
Doctrina Preventiva Trump

Así lo dice La Mont

Visión: La política exterior de Estados Unidos en Medio Oriente no se redacta únicamente en la Oficina Oval ni se dicta de manera exclusiva desde el Pentágono; se instrumenta, en gran medida, en los pasillos del Congreso y en los salones de los Comités de Acción Política.

Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, muchos de sus seguidores confiaban en una reactivación de la agenda aislacionista de “Estados Unidos Primero”, una doctrina que rechaza, al menos parcialmente, el despliegue militar indefinido y la participación en conflictos ajenos. Sin embargo, la realidad geopolítica y la dinámica del poder interno en Washington imponen límites severos a la retórica presidencial.

A pesar de su estilo impredecible y de su declarada aversión a las guerras eternas, Donald Trump se encuentra atado a compromisos históricos que le impiden actuar con total libertad. Simplemente no puede enemistarse con el poderoso lobby proisraelí en Estados Unidos, una fuerza política y financiera que ejerce una influencia determinante sobre el Partido Republicano y su base evangélica más leal.

Esta dependencia política y financiera reduce considerablemente cualquier posibilidad de que la Casa Blanca ordene a Israel detener los bombardeos o retirar de inmediato sus tropas del sur de Líbano. Para el presidente, desafiar frontalmente las operaciones militares del gobierno israelí implicaría un costo político interno capaz de fracturar a su propia coalición y enfrentarlo con donantes clave que consideran la seguridad de Israel una prioridad absoluta e innegociable.

Así, la autonomía presidencial se desvanece ante la necesidad de supervivencia política, obligando a la administración a mantener un respaldo diplomático y militar incondicional, independientemente del costo humano o de la desestabilización regional en territorio libanés.

Esta inacción del Ejecutivo estadounidense no es un fenómeno nuevo ni fortuito, sino el resultado de décadas de un minucioso trabajo de cabildeo e influencia ideológica. El American Israel Public Affairs Committee (AIPAC, por sus siglas en inglés) ha sido el principal arquitecto de este consenso bipartidista, logrando que la alineación con los intereses de seguridad de Tel Aviv sea percibida como un pilar fundamental de la propia seguridad nacional estadounidense.

La enorme influencia de AIPAC y de las redes de pensamiento neoconservador ha contribuido a definir la posición hostil de Estados Unidos hacia rivales regionales estratégicos como Syria e Iran, transformando la diplomacia estadounidense en un instrumento de presión permanente, sanciones económicas asfixiantes y retórica de cambio de régimen.

Este enfoque agresivo y de tolerancia cero hacia el llamado “Eje de la Resistencia” fue promovido por una generación de intelectuales y funcionarios públicos que supieron fusionar el poderío militar estadounidense con los objetivos estratégicos israelíes.

Ideología: Entre los exponentes más destacados de esta corriente se encuentra Elliott Abrams, una figura emblemática del entramado neoconservador que ha operado en diversas administraciones republicanas. Abrams, conocido por su enfoque de línea dura en política exterior y su defensa inquebrantable del papel de Israel en la región, encarna la paradoja de ciertos sectores de la élite de Washington que combinan un fuerte intervencionismo en el extranjero con posturas sumamente restrictivas y nacionalistas en el ámbito interno.

Es el mismo personaje que, mientras promovía la proyección de la fuerza militar en Medio Oriente, se manifestaba como un severo crítico de la migración de mexicanos hacia Estados Unidos, reflejando una visión del mundo en la que las fronteras de los aliados deben defenderse a toda costa, mientras que las propias deben cerrarse con rigidez.

Junto a él, ideólogos como Paul Wolfowitz, uno de los principales impulsores de la invasión de Irak en 2003 y promotor de la doctrina de la guerra preventiva, trabajaron activamente para moldear una opinión pública y una estructura de toma de decisiones en la que cualquier cuestionamiento a la estrategia israelí pudiera ser calificado como debilidad o traición.

Asimismo, intelectuales influyentes como William Safire utilizaron el enorme altavoz de los principales diarios estadounidenses para legitimar estas posiciones, construyendo la narrativa de que los enemigos de Israel eran, por definición, los enemigos existenciales de la libertad y de los valores occidentales.

En este complejo entramado de intereses financieros aportados por los comités de acción política, dogmatismo ideológico y presión mediática, el margen de maniobra de cualquier presidente estadounidense, incluido un iconoclasta como Donald Trump, queda reducido a su mínima expresión, subordinando la diplomacia global a los dictados de un consenso interno del que pocos actores del poder pueden escapar.

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