Sonora Power por Demian Duarte
Si me lo hubieran contado, quizá no lo habría creído. Pero ocurrió: el peso mexicano volvió a cotizar por debajo de los 17 pesos por dólar y el viernes de la semana pasada llegó a intercambiarse en 16.96 pesos por unidad.
No es un dato menor. En la historia económica y financiera de México han sido contados los episodios en los que nuestra moneda logra fortalecerse de manera sostenida frente al dólar y otras divisas de referencia. Por eso, el comportamiento actual del peso merece algo más que una simple lectura cambiaria.
Hay factores externos que explican parte del fenómeno, pero detrás del desempeño de la moneda también está la fortaleza de la economía mexicana, la expansión del mercado interno y una estabilidad financiera que ha logrado resistir episodios de enorme turbulencia internacional.
Por supuesto, ha habido sobresaltos. El más severo ocurrió durante la pandemia de Covid-19, cuando el dólar llegó a superar los 25 pesos. En aquel momento parecía difícil imaginar una recuperación del peso. Hoy, sin embargo, la moneda mexicana ha recuperado alrededor de ocho pesos frente a aquellos niveles.
Desde luego, los mercados internacionales también tienen su propia explicación. Analistas han señalado la debilidad del dólar y los efectos de los conflictos geopolíticos como factores que favorecen al peso. Pero existe un elemento que obliga a mirar más allá de esa explicación: la moneda mexicana también ha mostrado fortaleza frente a otras divisas.
El euro, por ejemplo, se ubicó recientemente alrededor de los 19.73 pesos, muy por debajo de los niveles cercanos a 25 pesos que llegó a registrar años atrás y también por debajo de los alrededor de 22.50 pesos observados hace un año.
El dato de fondo es que el peso continúa mostrando músculo y ha ganado reputación como una moneda relativamente sólida dentro de los mercados emergentes. Esa percepción también contribuye a que México siga siendo atractivo para los flujos de capital.
La tasa de interés juega, por supuesto, un papel importante. Mantener rendimientos superiores a los de otras economías desarrolladas hace atractivo al mercado mexicano para determinados inversionistas, particularmente para los capitales que buscan mayores retornos.
Pero reducir el fenómeno exclusivamente a la tasa de interés sería insuficiente. También importa el nivel de confianza y la percepción de riesgo que existe alrededor de la economía mexicana.
Y aquí aparece uno de los elementos más interesantes: la economía mexicana ha mostrado una capacidad de resistencia que ha sorprendido incluso frente a las turbulencias provocadas por la política comercial de Donald Trump. Aranceles, amenazas, incertidumbre y modificaciones constantes en las reglas del comercio internacional han generado nerviosismo en numerosos mercados; México, sin embargo, ha conseguido mantener una posición relativamente estable.
La explicación también puede encontrarse en el fortalecimiento del mercado interno.
La estrategia económica de la Cuarta Transformación ha buscado ampliar la base de consumidores mediante una política de redistribución del ingreso y de fortalecimiento del poder adquisitivo de sectores que durante décadas permanecieron al margen de buena parte del mercado formal de consumo.
A ello se suma una estrategia para atraer inversión productiva, impulsar la industria nacional y extranjera y desarrollar infraestructura. Es decir, no solamente se apuesta por el capital financiero, sino también por generar condiciones para que la inversión se traduzca en producción, empleos y crecimiento.
Son conceptos elementales de economía política. Sin embargo, durante décadas dejaron de ocupar un lugar central en la estrategia económica del Estado mexicano.
A partir de 1982 y hasta 2018 se abandonó buena parte de la concepción del Estado como rector del desarrollo económico. El resultado fue una sucesión de crisis, devaluaciones, ajustes y periodos de bajo crecimiento que marcaron a varias generaciones.
México pasó por décadas de turbulencia económica en las que las crisis cambiarias se convirtieron en una especie de tragedia sexenal recurrente. La pérdida del poder adquisitivo y la inestabilidad financiera terminaron convirtiéndose en parte de la memoria económica del país.
Por eso resulta particularmente llamativo el comportamiento actual del peso.
El llamado “Súper Peso” se convirtió durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador en uno de los símbolos más visibles de la recuperación de la moneda mexicana. Ahora, durante la administración de Claudia Sheinbaum, esa tendencia ha encontrado continuidad.
Regresar a niveles cercanos a los 17 pesos por dólar nos remite a escenarios que parecían lejanos. En diciembre de 2015, por ejemplo, el tipo de cambio rondaba los 16.95 pesos por dólar. Que hoy vuelva a observarse una cotización semejante confirma la fortaleza que ha adquirido la moneda.
La pregunta, entonces, ya no es únicamente cuánto vale el dólar, sino hasta dónde puede llegar la fortaleza del peso si las condiciones internas y externas continúan favoreciéndolo.
El “Súper Peso” se ha convertido así en una historia de resiliencia económica. Un fenómeno que, guste o no, contradice algunos de los pronósticos más pesimistas que durante años anticiparon megadevaluaciones, crisis cambiarias y un escenario económico mucho más adverso para México.
Hoy, frente a los números, aquellos pronósticos parecen cada vez más difíciles de sostener.
Y quizá esa sea la parte más interesante de esta historia: el peso no solamente resistió; regresó.
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