Opinión

El nuevo orden mundial Tecno-Geopolítico

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Staff Domo de Cristal
17 de agosto de 2026, 4:51 am
Tiempo 11 min
El nuevo orden mundial Tecno-Geopolítico

Por José Sobrevilla

Las plataformas digitales, la desinformación y el control de los flujos informativos permiten proyectar influencia sin ocupar territorio. Estados, empresas tecnológicas y alianzas reguladoras compiten y, al mismo tiempo, cooperan en un tablero donde los datos, los algoritmos, los minerales, la energía y los estándares tecnológicos se han convertido en los nuevos “territorios” estratégicos.

H. G. Wells publicó en 1940 El nuevo orden mundial, obra en la que planteó el ideal de un mundo sin guerras, regido por leyes y normas emanadas de un organismo mundial. Ocho décadas después, el concepto de “nuevo orden mundial” adquiere otra dimensión y se utiliza para describir las profundas transformaciones en el equilibrio del poder global, las reglas económicas y las alianzas internacionales.

Después de grandes crisis o conflictos, el sistema internacional suele experimentar una transición de un esquema de poder a otro. Sin embargo, la geopolítica contemporánea ha dejado de centrarse exclusivamente en el control territorial y militar para convertirse en una competencia multidimensional. El poder se disputa ahora en torno a la tecnología, los datos, la inteligencia artificial, la información, la energía, los recursos estratégicos y las cadenas globales de suministro, ámbitos en los que economía, seguridad e innovación están cada vez más entrelazadas.

El nuevo orden mundial, entendido también como una competencia por el control de la infraestructura inteligente del planeta, ya no depende únicamente de la capacidad militar o del tamaño de una economía, sino de la posibilidad de desarrollar, entrenar y desplegar inteligencia artificial a gran escala.

Como hemos señalado en otras colaboraciones, históricamente el poder internacional y la geopolítica estuvieron asociados con las fronteras, los recursos naturales y los equilibrios militares. Hoy, en cambio, el control de tecnologías críticas es considerado un asunto de seguridad nacional. El análisis académico vincula esta transformación con la crisis de la globalización y con nuevas formas de “mercantilismo regulatorio”, mediante las cuales los Estados utilizan normas, estándares y restricciones tecnológicas como instrumentos de poder.

La experiencia de la Guerra Fría, cuando la tecnología ya constituía un componente estratégico de la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, encuentra un nuevo capítulo en la competencia actual.

En este escenario, la Unión Europea busca recuperar capacidad de decisión sobre la regulación tecnológica, mientras Estados Unidos y China compiten por posiciones de liderazgo en semiconductores, inteligencia artificial, redes 5G y computación cuántica. Al mismo tiempo, numerosos actores redefinen conceptos como soberanía digital, gobernanza de internet y control de los flujos internacionales de datos.

El liderazgo en inteligencia artificial, chips avanzados, plataformas digitales y estándares técnicos tiene consecuencias económicas y militares. Quien controla la infraestructura digital, los algoritmos y grandes volúmenes de datos puede ejercer una influencia considerable sobre las narrativas públicas, la opinión, la inteligencia, la vigilancia y la guerra de información. Por ello, la ciberseguridad, la soberanía digital y la eventual fragmentación de internet se han convertido en nuevos ejes de poder.

Las cadenas globales de valor —particularmente las relacionadas con semiconductores, minerales críticos y tecnologías limpias— también se han transformado en vulnerabilidades geopolíticas. La pandemia, la guerra en Ucrania y las tensiones entre Estados Unidos y China expusieron dependencias estratégicas y aceleraron políticas de de-risking —reducción de riesgos—, nearshoring, friend-shoring y onshoring, más que un desacoplamiento completo.

La transición energética, además, incrementa la demanda de minerales y materias primas estratégicas. Garantizar su suministro ya no es solamente una cuestión económica: también es un asunto de seguridad nacional y competitividad industrial.

Energía, fabricación avanzada y capacidad de innovación forman hoy un triángulo inseparable. Políticas como el CHIPS and Science Act y la Inflation Reduction Act de Estados Unidos, así como las iniciativas europeas de soberanía tecnológica, muestran cómo la política industrial se ha “geopolitizado” con el propósito de reducir dependencias de proveedores considerados estratégicamente riesgosos y fortalecer la resiliencia de las economías.

Las plataformas digitales, la desinformación y el control de los flujos informativos permiten proyectar influencia sin necesidad de ocupar territorio. La competencia por los estándares tecnológicos, la gobernanza de los datos y los “relatos globales” forma parte de la misma disputa por el orden internacional.

No se trata necesariamente del fin de la globalización, sino de su reconfiguración. La llamada “hiperglobalización” pierde fuerza, pero las interdependencias permanecen, aunque con frecuencia son reencauzadas mediante terceros países. Paralelamente, aumenta la competencia por nodos críticos como los chips, las tierras raras, la inteligencia artificial, los cables submarinos, los centros de datos y la energía.

Como ha señalado el analista político Gerardo Galarza, la geopolítica actual es multidimensional porque la seguridad ya no puede separarse de la economía ni de la innovación. El control de los nodos tecnológicos y de suministro puede otorgar un poder comparable, e incluso en determinados ámbitos superior, al que históricamente proporcionó el dominio territorial.

Estados, empresas tecnológicas y alianzas reguladoras compiten y cooperan simultáneamente en un tablero donde los datos, algoritmos, minerales, energía y estándares son los nuevos “territorios” estratégicos.

2026: la era de las reconfiguraciones

La evidencia acumulada por organismos internacionales, centros de investigación y universidades apunta hacia una conclusión: el mundo no parece avanzar hacia un orden exclusivamente unipolar ni hacia una estructura estrictamente multipolar, sino hacia una configuración en la que la tecnología se ha convertido en una dimensión central de la geopolítica.

En este nuevo escenario, la inteligencia artificial, los semiconductores, los datos, la computación en la nube y la infraestructura digital son factores de poder tan relevantes como lo fueron el petróleo, la capacidad militar o el sistema financiero. No se trata únicamente de una transformación tecnológica, sino de una profunda reconfiguración del poder económico, político, militar y cultural a escala mundial.

Después de la Guerra Fría, Estados Unidos consolidó un orden internacional sustentado en su superioridad militar, financiera y tecnológica. Sin embargo, diversos estudios de organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la UNESCO, el Foro Económico Mundial y el Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence (Stanford HAI) muestran que el poder internacional depende cada vez más de recursos estratégicos como la inteligencia artificial, los semiconductores, los centros de datos, la capacidad computacional y los datos masivos.

La inteligencia artificial se ha convertido en una infraestructura estratégica comparable, por su potencial transformador, con la electricidad o internet en el siglo XX.

Aunque existen numerosos actores relevantes, la competencia actual tiene como protagonistas principales a Estados Unidos, China y la Unión Europea, además de las grandes empresas tecnológicas que operan en la frontera de la innovación.

Estados Unidos mantiene una posición destacada en investigación científica, desarrollo de modelos avanzados y captación de inversión privada. Empresas como OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, Microsoft y Nvidia ocupan posiciones relevantes dentro de este ecosistema, respaldadas por una poderosa infraestructura de nube y enormes flujos de inversión.

China, por su parte, sigue una estrategia en la que el Estado considera la inteligencia artificial un componente central de su política industrial y de seguridad nacional. El país ha desarrollado grandes modelos lingüísticos, cadenas nacionales de suministro, capacidades propias de fabricación de chips y plataformas digitales, además de ecosistemas como Qwen, DeepSeek y Kimi.

El objetivo es reducir la dependencia tecnológica del exterior y, simultáneamente, ampliar su influencia internacional mediante infraestructura digital, inversión y cooperación tecnológica.

La Unión Europea intenta diferenciarse mediante un enfoque fundamentalmente regulatorio. Su prioridad es impulsar una inteligencia artificial segura, transparente, respetuosa de los derechos humanos y sometida a supervisión pública. Aunque conserva importantes capacidades científicas e industriales, diversos análisis advierten sobre la necesidad de acelerar las inversiones para evitar un rezago frente a Estados Unidos y China.

Uno de los cambios conceptuales más importantes es que los Estados ya no solo defienden fronteras físicas. También buscan controlar sus datos, servicios de nube, modelos de inteligencia artificial, centros de procesamiento y redes de telecomunicaciones.

La literatura reciente denomina a este fenómeno soberanía digital, entendida como la capacidad de un Estado para tomar decisiones sobre sus infraestructuras digitales y reducir dependencias estratégicas respecto de actores externos.

Los datos se convierten así en un recurso estratégico.

Si durante buena parte del siglo XX el petróleo fue considerado uno de los recursos más codiciados, en el siglo XXI los datos desempeñan un papel de creciente importancia. Los modelos avanzados de IA requieren enormes cantidades de información para su entrenamiento y funcionamiento, lo que incrementa la competencia por infraestructura digital, almacenamiento, sensores, satélites, servicios en la nube y conectividad global.

Como hemos venido señalando, la disputa por los datos ya forma parte de la seguridad nacional. La inteligencia artificial influye en la inteligencia estratégica, la vigilancia, el reconocimiento satelital, la defensa cibernética, la logística militar y el desarrollo de sistemas autónomos. La competencia por estas capacidades puede desembocar en una nueva carrera tecnológica con implicaciones para la estabilidad internacional.

Las empresas también hacen geopolítica

Otra característica inédita del nuevo escenario es la creciente influencia geopolítica de las empresas tecnológicas.

Compañías como OpenAI, Google, Microsoft, Nvidia, Alibaba y Tencent desarrollan tecnologías de alcance global, mientras sus inversiones, alianzas y decisiones empresariales pueden incidir en políticas nacionales y cadenas internacionales de suministro.

La interacción entre gobiernos y grandes empresas tecnológicas está modificando las formas tradicionales de gobernanza internacional. El poder ya no se concentra exclusivamente en los Estados: también se encuentra en quienes controlan plataformas, infraestructura, capacidad computacional, sistemas operativos, chips y grandes cantidades de datos.

La ONU impulsa mecanismos internacionales para la gobernanza de la inteligencia artificial. El Panel Científico Internacional Independiente sobre IA ha identificado siete ámbitos prioritarios: ciencia, economía, seguridad, derechos humanos, democracia, sostenibilidad y gobernanza.

El desafío es evidente: el desarrollo tecnológico avanza a una velocidad que, en muchos casos, supera la capacidad de las instituciones para establecer reglas, supervisar riesgos y garantizar derechos.

La democracia también entra en una nueva etapa. La UNESCO ha advertido que la inteligencia artificial puede modificar profundamente la vida democrática mediante la personalización masiva de contenidos, la desinformación automatizada, la manipulación algorítmica, nuevas formas de deliberación pública y lo que comienza a denominarse “gobierno algorítmico”.

Frente a ello, resulta indispensable fortalecer la transparencia, la rendición de cuentas y la protección de los derechos fundamentales en el uso de sistemas de IA. La ONU, además, ha advertido sobre la elevada concentración de las capacidades de desarrollo de inteligencia artificial en un reducido número de países.

Sin inversiones suficientes en infraestructura, talento y capacidades locales, muchas economías podrían quedar atrapadas en una dependencia tecnológica respecto de proveedores extranjeros, ampliando las brechas económicas y digitales entre el Norte y el Sur global.

Las grandes empresas tecnológicas han adquirido una influencia que, en determinados ámbitos, puede compararse con la de muchos Estados. La gobernanza internacional enfrenta así el reto de establecer reglas comunes antes de que la velocidad del desarrollo tecnológico supere definitivamente la capacidad de regulación.

En conjunto, organismos como la ONU, la OCDE, la UNESCO, la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y el Stanford HAI coinciden en la necesidad de orientar el desarrollo de la inteligencia artificial hacia modelos centrados en el ser humano.

El sistema internacional está entrando en una etapa en la que la tecnología deja de ser un componente secundario de la geopolítica para convertirse en uno de sus principales campos de batalla.

El nuevo orden mundial ya no se define únicamente por quién posee más territorio, petróleo o armas. También por quién controla los chips, los datos, los algoritmos, la energía, los minerales críticos, los centros de datos, las redes de comunicación y los estándares que determinarán cómo funcionará la economía y la sociedad del futuro.

En el siglo XXI, el territorio estratégico también está en la nube.

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Principales fuentes consultadas

  • ScienceDirect.com
  • Siemens-Energy.com
  • Energy.gov
  • Cambridge.org
  • Ifri.org
  • Coursebrowser.dce.harvard.edu
  • UNESCO — Inteligencia artificial
  • TecScience — UNESCO y el Tec
  • Hacer Empresa — análisis de Ricardo Galarza
  • World Economic Forum — inteligencia artificial, energía y competencia tecnológica

 

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