Opinión

El futbol, rehén del negocio: cuando el dinero le gana al deporte

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Staff Domo de Cristal
3 de agosto de 2026, 5:46 am
Tiempo 9 min
El futbol, rehén del negocio: cuando el dinero le gana al deporte

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Por: Eduardo Esquivel Ancona

El futbol dejó de ser solamente un espectáculo deportivo. En las últimas décadas se convirtió en una gigantesca industria global en la que los derechos de televisión, patrocinios, transferencias, apuestas, plataformas digitales y fondos de inversión pesan cada vez más en las decisiones que alguna vez estuvieron determinadas por criterios estrictamente deportivos.

El intento impulsado por Gianni Infantino desde la FIFA para crear FIFA Forward Enterprise (FFE) y abrir hasta 20% de su participación a inversionistas privados representó, más allá de su desenlace, una señal inequívoca de hacia dónde pretende avanzar el negocio. La iniciativa, de acuerdo con la información disponible, buscaba captar alrededor de 4,200 millones de dólares y habría involucrado a firmas de capital de riesgo como Thrive Capital, de Joshua Kushner.

La resistencia de las confederaciones terminó frenando el proyecto en cuestión de días. Pero el episodio dejó sobre la mesa una pregunta de mayor alcance: ¿hasta dónde puede llegar la financiarización del futbol antes de que el negocio termine por devorar al deporte?

La preocupación no es menor. Convertir activos comerciales, derechos y competencias de alcance mundial en instrumentos susceptibles de ser explotados por capital privado implica introducir una lógica distinta a la deportiva. El inversionista busca rendimiento, crecimiento y rentabilidad; el futbol necesita competencia, descanso, formación, espectáculo y reglas que preserven su legitimidad.

El problema aparece cuando ambos objetivos dejan de estar equilibrados.

El jugador como activo financiero

La expansión del negocio ha convertido también al futbolista en una pieza dentro de una compleja cadena financiera. Los derechos económicos, las transferencias, los contratos publicitarios y los patrocinios pueden alcanzar cifras multimillonarias.

En ese escenario, el riesgo es evidente: aumentar partidos, reducir periodos de descanso, ampliar torneos y modificar calendarios para generar más contenido susceptible de ser vendido.

El Mundial de 2026, con 48 selecciones, y la expansión de las competencias internacionales de clubes son expresiones de una tendencia que difícilmente puede explicarse únicamente por razones deportivas.

Más encuentros significan más derechos televisivos, más publicidad, más boletaje y más oportunidades comerciales. Pero también significan mayor desgaste físico y mental para los futbolistas.

La paradoja es que mientras la industria habla de proteger al jugador, el calendario internacional se vuelve cada vez más exigente.

Cuando el aficionado se convierte en consumidor

La otra cara de esta transformación está en las tribunas.

El futbol popular nació como un espectáculo accesible para amplios sectores sociales. Hoy, en cambio, asistir a determinados partidos puede convertirse en un lujo. Los precios dinámicos, las experiencias VIP, los paquetes corporativos y la explotación comercial de los estadios han generado una brecha cada vez mayor entre el aficionado tradicional y el consumidor con mayor capacidad económica.

La pregunta es inevitable: ¿Qué sucede cuando el estadio deja de estar pensado para el aficionado y comienza a diseñarse para el cliente?

La lógica financiera tiende a privilegiar al consumidor que más gasta. El futbol, en cambio, necesita conservar la identidad y la pertenencia de quienes construyeron históricamente su cultura.

La sombra del dinero ilícito

Existe además un problema mucho más delicado: la vulnerabilidad del futbol frente al lavado de dinero.

La enorme circulación de recursos, las operaciones internacionales, los fichajes, patrocinios, derechos comerciales y apuestas convierten al futbol en un sector susceptible de ser utilizado para introducir o mover capitales de origen ilícito.

Entre los mecanismos señalados en investigaciones internacionales se encuentran operaciones de transferencia de jugadores con valores artificialmente elevados, empresas fachada utilizadas como patrocinadores y esquemas vinculados con boletaje y apuestas.

El FIFA Gate, destapado en 2015, demostró que la corrupción podía penetrar hasta las estructuras más altas del futbol internacional. El escándalo involucró sobornos y prácticas ilícitas alrededor de derechos comerciales y de transmisión.

El problema, por tanto, no puede reducirse a unos cuantos dirigentes corruptos. La dimensión económica alcanzada por el deporte genera condiciones que requieren controles financieros mucho más rigurosos.

México: el negocio antes que la competencia

En México, la discusión adquiere características particulares.

La Liga MX posee una enorme capacidad comercial, pero sus resultados deportivos y su modelo de desarrollo no necesariamente corresponden con el tamaño de su mercado.

La multipropiedad, la suspensión del ascenso y descenso y las dificultades para consolidar un sistema sólido de formación de jóvenes futbolistas forman parte de un modelo que privilegia la estabilidad económica de los propietarios por encima de la presión competitiva.

La ausencia de ascenso y descenso elimina uno de los principales mecanismos de movilidad deportiva. Un club puede tener una temporada desastrosa y, sin embargo, conservar su lugar en la máxima categoría.

Desde una perspectiva empresarial, esto reduce riesgos. Desde la perspectiva deportiva, disminuye la exigencia.

La multipropiedad plantea otra interrogante. Cuando un mismo grupo controla más de una institución, la discusión sobre competencia, independencia y transparencia deja de ser solamente una cuestión administrativa y se convierte en un asunto relacionado con la credibilidad del torneo.

Una Liga MX dominada por grandes intereses

El futbol mexicano también refleja la concentración económica existente en otros sectores de la economía nacional.

Grandes corporativos, grupos empresariales y familias con capacidad financiera participan en la propiedad y administración de clubes. Entre los casos más visibles están FEMSA con Monterrey, Ollamani con América y Grupo Caliente con Tijuana.

A ello se suman estructuras de multipropiedad como Grupo Orlegi, con Santos y Atlas, y Grupo Pachuca, con Pachuca y León.

No se trata de afirmar que la participación empresarial sea necesariamente negativa. El capital privado puede aportar infraestructura, profesionalización, tecnología y mejores condiciones de operación.

El problema comienza cuando el objetivo económico termina subordinando el deportivo.

¿Quién paga realmente el espectáculo?

Existe otra contradicción que pocas veces se discute: el futbol profesional puede ser un negocio privado, pero en algunos casos utiliza infraestructura pública o recibe distintos tipos de respaldo gubernamental.

Estadios construidos con recursos públicos, comodatos, mantenimiento de inmuebles, servicios subsidiados, beneficios fiscales o inversiones estatales en infraestructura forman parte de una relación que merece mayor transparencia.

Si el club es privado y las ganancias son privadas, cabe preguntar hasta qué punto debe el erario asumir determinados costos relacionados con su operación.

La discusión no es contra el futbol profesional, sino contra la falta de claridad respecto de quién asume los costos y quién se queda con los beneficios.

Cuando los clubes pertenecían a sus aficionados

Hubo otra concepción del futbol mexicano.

Clubes como Guadalajara y Atlas estuvieron vinculados durante distintas etapas de su historia con modelos de asociación y participación de sus propios aficionados. Aquella idea de pertenencia colectiva se ha reducido frente a una estructura en la que las instituciones deportivas son, cada vez más, activos empresariales.

La transformación tiene consecuencias culturales.

Cuando un club se entiende como patrimonio de una comunidad, existe una relación emocional y social que trasciende los estados financieros. Cuando se convierte primordialmente en un activo empresarial, su valor puede medirse en derechos televisivos, patrocinios, plusvalía, capacidad de endeudamiento y valor de mercado.

Ahí aparece una de las grandes contradicciones del futbol moderno: es una industria multimillonaria que sigue necesitando presentarse como una pasión popular.

México y el círculo que no se rompe

El caso mexicano es especialmente revelador.

Los elevados salarios de la Liga MX, el costo de las transferencias y la estructura de los clubes pueden hacer menos atractiva la salida de jóvenes futbolistas hacia Europa. Al mismo tiempo, el mercado estadounidense representa una fuente extraordinaria de ingresos para los clubes mexicanos, particularmente por la enorme comunidad mexicana y latinoamericana que consume futbol al otro lado de la frontera.

El negocio es rentable incluso sin que necesariamente exista una transformación profunda del nivel competitivo.

Ese es quizá el mayor riesgo.

Si la Liga MX puede obtener ingresos importantes mediante televisión, patrocinadores, estadios, mercancía y partidos en Estados Unidos, ¿qué incentivo existe para modificar radicalmente un modelo que económicamente funciona?

El problema es que rentabilidad y desarrollo deportivo no son sinónimos.

El futbol como negocio… ¿hasta dónde?

La hipercomercialización está produciendo efectos que ya no pueden ignorarse: calendarios saturados, concentración de riqueza, encarecimiento de los espectáculos, especulación alrededor de jugadores y clubes, presión sobre los derechos laborales de los futbolistas y expansión de las apuestas deportivas.

A esto se suma la creciente presencia de productos de bajo valor nutricional asociados con grandes eventos deportivos y la necesidad de fortalecer los mecanismos para impedir que organizaciones criminales utilicen estructuras deportivas para ocultar o mover dinero ilícito.

El futbol no está condenado a desaparecer por culpa del capitalismo. Pero sí corre el riesgo de perder aquello que lo convirtió en el deporte más popular del planeta: la posibilidad de que la pasión y la competencia estén por encima de la capacidad económica de quien participa.

La discusión sobre la propuesta de Infantino, aunque haya quedado temporalmente archivada, debería servir para abrir un debate más profundo.

¿Quién debe controlar el futbol?

¿Los aficionados, las federaciones, los jugadores y las comunidades que lo sostienen, o los fondos de inversión y los grandes conglomerados que encuentran en él otra oportunidad para multiplicar capital?

México enfrenta la misma disyuntiva.

Mientras el futbol mexicano continúe privilegiando la seguridad financiera de sus propietarios sobre el ascenso y descenso, la formación de jóvenes, la competencia interna y la transparencia, difícilmente podrá aspirar a convertirse en una verdadera potencia deportiva.

Porque el problema no es que el futbol genere dinero.

El problema comienza cuando el dinero deja de estar al servicio del futbol y el futbol termina convertido en un instrumento al servicio del dinero.

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