Opinión

Un Mayo en la sierra

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Staff Domo de Cristal
8 de julio de 2026, 4:34 am
Tiempo 5 min
Un Mayo en la sierra

Así lo dice La Mont

Origen: El arresto de Ismael «El Mayo» Zambada García marcó el fin de una era en el narcotráfico global, pero también abrió una caja de Pandora sobre la presunta complicidad estructural que permitió su hegemonía durante más de medio siglo. A diferencia de otros capos cuya fama se cimentó en la violencia y hasta en una elaborada estrategia mediática, Zambada García construyó su poder sobre los pilares de la discreción, la negociación y, fundamentalmente, un pragmatismo político que no conoció ideologías ni colores partidistas.

Su figura representa el eslabón más claro entre el crimen organizado y las estructuras formales del Estado mexicano, una relación simbiótica que desafía la narrativa oficial del combate a la delincuencia. Los vínculos de «El Mayo» con la clase política fueron transversales, operando bajo una lógica de supervivencia mutua que, presuntamente, alcanzó por igual a los partidos Acción Nacional, Revolucionario Institucional y, más recientemente, Morena.

Durante las décadas de hegemonía priista, el esquema de protección se gestionaba mediante un sistema centralizado que permitía la operación del crimen organizado a cambio de orden y tributo. Con la transición democrática y la llegada del PAN a la Presidencia, los canales de comunicación, lejos de romperse, se adaptaron a un nuevo federalismo en el que los gobernadores adquirieron un poder casi feudal. En la etapa más reciente, bajo los gobiernos de Morena, los señalamientos sobre una presunta pacificación selectiva y las controvertidas reuniones o vínculos atribuidos a figuras de alto nivel en Sinaloa reforzaron la percepción de que el capo entendía que los gobiernos pasan, pero el territorio permanece. Para «El Mayo», el financiamiento de la política no era un acto de simpatía partidista, sino una inversión de negocios de alto rendimiento.

Estrategia: A lo largo de su trayectoria, se calcula que la organización que encabezó intervino, de forma directa o indirecta, en decenas de campañas políticas, influyendo en procesos electorales de al menos seis gobernadores de Sinaloa y estados colindantes, así como en incontables elecciones de alcaldes y presidentes municipales. También habría extendido su influencia hacia instituciones educativas, tanto públicas como privadas, incluso con Reconocimiento de Validez Oficial de Estudios (RVOE), ubicadas en puntos estratégicos para el trasiego de drogas.

Este patrocinio se traducía en la llamada «bendición Zambada» para la designación de secretarios de Seguridad Pública locales y directores de policías municipales que actuaban como su brazo armado legal. La protección que mantuvo a Zambada oculto durante más de cinco décadas no provenía únicamente de un anillo de seguridad privado, sino de una red institucional integrada por mandos militares, agentes federales y autoridades locales que le alertaban sobre cualquier operativo inminente.

El epicentro de este refugio fortificado se ubicó en la intrincada geografía de la Sierra Madre Occidental, particularmente en el llamado Triángulo Dorado y en las zonas serranas de los municipios de Culiacán, Cosalá y Badiraguato, en Sinaloa. En comunidades como El Salado o la ranchería de Álamo, el capo no solo se ocultaba, sino que ejercía como un gobernador de facto, proporcionando servicios, empleo y una forma de justicia comunitaria que le garantizaba la lealtad y el silencio de los habitantes, quienes lo consideraban su benefactor.

Su ascenso a la cúspide del crimen organizado se consolidó a finales de la década de 1980 y principios de los años noventa, tras la fragmentación del Cártel de Guadalajara provocada por la captura de Miguel Ángel Félix Gallardo. Mientras otros herederos de esa organización optaron por la confrontación abierta, «El Mayo» selló una alianza estratégica con Joaquín «El Chapo» Guzmán y Juan José Esparragoza Moreno, «El Azul», sentando las bases del Cártel de Sinaloa. Su liderazgo se distinguió por una visión empresarial y una notable capacidad de mediación, al convertirse en el fiel de la balanza del mundo criminal, incluso cuando sus principales socios eran capturados o abatidos.

Con el paso del tiempo, sin embargo, ocurrió lo que durante décadas no consiguieron las agencias de inteligencia: el deterioro de su condición física. A sus 75 años, Zambada padece diabetes avanzada, enfermedad que le ha provocado severos problemas en las rodillas y ha limitado de manera importante su movilidad, además de presentar un estado general de salud que requiere monitoreo médico permanente y especializado.

Desenlace: Esta delicada condición de salud constituye el principal argumento que sus abogados defensores esgrimen ante las cortes estadounidenses para solicitar un trato diferenciado y un cambio de prisión que lo aleje del severo régimen de aislamiento que enfrenta su antiguo socio, Joaquín Guzmán Loera.

«El Chapo» cumple una condena de por vida en la prisión de máxima seguridad ADX Florence, en Colorado, un complejo diseñado para el aislamiento extremo, donde los internos permanecen 23 horas al día en celdas de concreto de apenas siete por doce pies, sin contacto humano significativo y con iluminación artificial permanente. Guzmán Loera ocupa una celda del bloque H, el sector de mayor seguridad del penal, bajo condiciones concebidas para quebrantar la resistencia de los reclusos considerados más peligrosos del mundo.

La defensa de «El Mayo» sostiene que mantener a un hombre de su edad y con sus padecimientos crónicos bajo un régimen de confinamiento tan estricto equivaldría, en los hechos, a una sentencia de muerte anticipada. Por ello, busca que sea trasladado a un centro penitenciario con infraestructura médica suficiente para atender sus crisis de salud, lejos de la tumba de concreto en Colorado donde su antiguo compañero de armas cumple el resto de su condena.

Por: Federico Lamont 

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