
Columna: Ciberseguridad política
Por: Raúl Fraga
– La visión crítica y sustentada del Dr. Carlo Rosa, académico del IISUE-UNAM
– Silicon Valley gana la partida: la IA ya domestica a la Generación Beta.
– Graduados en obediencia, o cómo la IA mata la capacidad humana y su inteligencia narrativa
La dictadura del algoritmo: el pensamiento bajo sospecha
En el marco del “Día Mundial de la Sociedad de la Información” (17 de mayo), conocido también como “Día Mundial de las Telecomunicaciones” y “Día Mundial de Internet”, la narrativa oficial suele celebrar la hiperconectividad como el pináculo del progreso humano. Sin embargo, las fisuras de esta utopía digital comienzan a mostrar su rostro más amargo en las aulas universitarias, el último bastión del pensamiento crítico.
La advertencia no viene de la tecnofobia, sino del rigor académico de prestigiados investigadores de la educación que ponen sobre la mesa una incómoda realidad política y educativa: la Inteligencia Artificial (IA) no es una herramienta neutral, sino un agente de domesticación intelectual.
¡Enhorabuena, la IA ya piensa por nosotros!
Qué delicia el Día Mundial de la Sociedad de la Información. Una fecha ideal para encender las veladoras al Internet -catalogada como deidad- y aplaudir el bendito progreso digital. Por fin, gracias a la Inteligencia Artificial (IA), hemos alcanzado el sueño dorado de cualquier burocracia: la abolición absoluta del error humano… y, de paso, del pensamiento propio.
Mientras las cúpulas celebran la hiperconectividad, desde las trincheras de la UNAM el Dr. Carlos Rosa -un reconocido pedagogo con licenciatura, maestría y doctorado en su natal Italia-, quien reside en México desde 2011 y quien en 2017 se incorporó a laborar en el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación-, establece que: “La tecnología nos conforma desde siempre; nosotros, seres humanos, nacemos como seres tecnológicos y, a veces, no pensamos, no tenemos conciencia de esto, pensamos que la tecnología está separada de nosotros, y creemos que, en cierta forma, la tecnología es neutral y que puede existir un ser humano sin la tecnología. La tecnología forma parte de nuestra historia desde nuestros orígenes y, en ese sentido, la tecnología contribuye al proceso de formación del ser humano. Nosotros somos lo que somos gracias a la tecnología, la cual influye en conformar nuestros procesos cerebrales, neuronales y congnitivos”. Con mis estudiantes de licenciatura y de maestría yo, como investigador, implemento la Inteligencia Artificial. De alguna manera, la IA está homogenizando la respuesta pedagógica y de aprendizaje de los estudiantes. Al implementar la Inteligencia Artificial lo que estoy viendo, en términos mucho más prácticos, es que, por ejemplo, al escribir, desaparecen los errores de ortografía o de sintaxis. Pero también el pensamiento se está, de cierta manera, homogeneizando, desaparece esa diversidad y apropiación del conocimiento, que es propia de una mente analógica que interpreta el mundo. Pero también lo que estoy notando, de manera casual y no como un tema de investigación, es que si desaparecen los errores, pero el pensamiento se está conformando en un estilo que parece dictado por las respuestas y los sesgos que tiene la inteligencia artificial”.
En lo que para algunos se interpretaría como arruinar la fiesta tecnofílica con una advertencia incómoda, el académico e investigador pone el dedo en la llaga al remarcar que la IA no vino a liberarnos, vino a homogeneizarnos con una “elegancia ortográfica impecable”.
El triunfo de la mente plana: Cero faltas, cero neuronas
¡Es el fin de la mala ortografía y el nacimiento de la dócil uniformidad! La tecnología, esa prótesis cerebral que compramos con entusiasmo, está logrando lo que ningún régimen autoritario pudo: que todos los universitarios redacten y piensen exactamente igual. El diagnóstico es digno de una comedia negra:
Adaptación a velocidad luz hacia el abismo
El drama no es que seamos seres tecnológicos; lo hemos sido desde que inventamos la escritura. El verdadero chiste histórico es la velocidad. A la humanidad le tomó milenios adaptarse al alfabeto; hoy, nos toma un par de clics entregarle el control de nuestra estructura cognitiva a un software. Vamos a toda prisa, aunque nadie sepa bien hacia dónde.
Si la política educativa actual sigue aplaudiendo la comodidad de estas respuestas automatizadas, pronto podremos automatizar también las universidades y los centros de enseñanza e investigación superior.
Al fin y al cabo, ¿para qué queremos estudiantes críticos si un algoritmo puede simular la genialidad sin el molesto esfuerzo de pensar? Si no reaccionamos con urgencia didáctica, el futuro del conocimiento será brillante, perfecto, pero completamente hueco.
El peligro de las mentes planas
Detrás de una pantalla que corrige la sintaxis y pule la ortografía se esconde un sutil mecanismo de control cognitivo. El análisis del Dr. Carlo Rosa deconstruye el mito de la perfección tecnológica a través de tres ejes críticos:
Velocidad sin control
El verdadero desafío actual no es la tecnología en sí —la cual nos ha moldeado de manera neuronal y semiótica desde la invención de la escritura— sino la vertiginosa e inédita velocidad de la revolución actual. Mientras que la humanidad tardó milenios en asimilar la palabra escrita, la transición hacia el entorno algorítmico ocurre a un ritmo que rebasa cualquier capacidad orgánica de adaptación.
La política educativa enfrenta aquí su mayor encrucijada. Si las aulas claudican ante la comodidad de las respuestas automatizadas que «confirman solo lo que queremos escuchar», la sociedad corre el riesgo de sustituir ciudadanos críticos por operadores dóciles de un pensamiento estandarizado. Urge diseñar nuevos instrumentos didácticos que defiendan la diversidad cognitiva; de lo contrario, el futuro del conocimiento será dictado por un código ajeno.
La última palabra:
¡Feliz Día de la Sociedad de la Información! Brindemos hoy por una universidad perfecta, impecable y de ortografía excelsa, donde las aulas queden vacías porque los cerebros ya se mudaron a la nube. Que Silicon Valley pague las cuentas del entierro de nuestra inteligencia narrativa; total, el software ya redactó el obituario sin una sola falta de ortografía.
La paradoja es perfecta para el poder: ningún régimen autoritario logró lo que hoy consigue un par de clics. Si la política educativa claudica ante la sumisión algorítmica, las aulas habrán cumplido su nueva misión sistémica: transmutar ciudadanos inconformes en operadores dóciles. El conocimiento del futuro será brillante, estéril y completamente hueco; gobernado por un código ajeno que aplaude mientras nos vacía la cabeza.
El peligro real no es que las máquinas comiencen a pensar por nosotros, sino que la Generación Beta renuncie al molesto esfuerzo de dudar. Urge una resistencia didáctica que defienda el error y la diversidad cognitiva; de lo contrario, habremos perfeccionado el arte de la ignorancia pulcra. Entregamos el control de la estructura cognitiva a cambio de comodidad. Bienvenidos al abismo digital: el viaje es a velocidad luz, pero el destino es la mente plana.
Domo de Cristal
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