
No decepcionó. La verdad es que pasó la prueba de fuego. El manejo que tuvo la Suprema Corte de Justicia respecto a uno de los temas más polémicos que jamás han estado en sus manos fue contundente. Y es que, más allá del pago de determinadas cantidades de impuestos, aquí de lo que se trataba era de terminar con el tráfico de influencias.
La Corte falló en contra de Ricardo Salinas Pliego y está exigiendo que pague cerca de 50 mil millones de pesos en adeudos fiscales de ejercicios anteriores, algunos tan antiguos como 2009. El empresario de TV Azteca y Elektra había optado por lo que creyó que era una estrategia sensata: recurrir a sus relaciones y a su lobby jurídico para evadir indefinidamente esta responsabilidad.
El fallo, en sí mismo, es un triunfo del pueblo de México y, por supuesto, del gobierno de la Cuarta Transformación, por encima de la idea de que existían intocables, personajes que pretendían situarse por encima de la justicia y que creyeron que, a partir de sus relaciones, podían torcer las leyes y su aplicación siempre que fuera en su beneficio.
La actitud de la Corte fue técnica, incluso fría si se quiere. Se trataba de resolver un tema que a sus antecesores les quemó las manos, los exhibió como corruptos y como aliados de quienes detentaban el poder económico.
Precisamente, uno de los hechos más notables dentro de la lógica de la 4T es esta visión de separar el poder económico del poder político y acabar, de una vez por todas, con el tráfico de influencias que ha sido causa y efecto de la enorme división entre quienes lo tienen todo —incluida la propiedad de los medios de producción— y quienes no tienen nada.
Sin duda, este fallo es un hito, el momento culminante de la lógica del cambio promovido por el expresidente Andrés Manuel López Obrador: reformar el Poder Judicial y acabar con esos costos de poder que se mantenían vigentes. Hubo transición democrática en el Poder Ejecutivo —con la elección de presidente y presidenta— y en el Poder Legislativo, con la elección de diputados y senadores.
Sin embargo, el Poder Judicial permanecía como un poder intocado, que hacía y deshacía a su antojo, violaba la Constitución de manera cotidiana y, por supuesto, protegía a los amigos de los ministros a cambio de quién sabe qué favores.
Esto cambió ayer, 13 de noviembre. En política no hay casualidades: el autor de esa reforma, Andrés Manuel López Obrador, cumplió 72 años, y hace poco la presidenta Claudia Sheinbaum —su sucesora— cumplió un año en el gobierno.
Los ciclos se están cerrando. El ciclo del poder de AMLO queda atrás con este resultado; el ciclo del poder de Claudia se consolida a partir de este momento.
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Domo de Cristal
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