
Así lo dice La Mont
Ruta:
Al comenzar 2026, el panorama político colombiano dio un giro inesperado, marcado por una compleja coreografía diplomática entre Bogotá y Washington. En el centro de esta tormenta se encuentra el senador y precandidato presidencial Iván Cepeda, cuya figura se proyecta con fuerza tras los recientes acercamientos y tensiones con la administración de Donald Trump.
La repercusión para el presidente Gustavo Petro ante el eventual encuentro —o la interlocución directa que añoraba Cepeda— con figuras del entorno republicano resultó ambivalente. Por un lado, el mandatario colombiano mantuvo una postura de firmeza institucional, subrayando que la soberanía nacional no es negociable; sin embargo, en los pasillos de la Casa de Nariño se percibió, previo al encuentro en la Casa Blanca, una enorme tensión.
El hecho de que un aliado del Pacto Histórico como Cepeda maneje un discurso propio frente a Trump obligó a Petro a reconstruir su narrativa y a equilibrar su quehacer como jefe de Estado, en el intento por mantener la ayuda estadounidense sin desatender la presión de una base de izquierda que observa con recelo cualquier concesión ante la “doctrina Monroe” reeditada por el presidente Trump.
Para Petro, la autonomía de Cepeda en el contexto internacional funciona como un termómetro de la unidad de la izquierda de cara a las elecciones presidenciales de mayo: evidencia que el liderazgo ya no es unívoco y que la interlocución con el norte se ha convertido en un activo electoral en disputa.
Guerra total:
Sobre la lucha contra los cárteles del narcotráfico, Iván Cepeda es enfático al sostener que la estrategia tradicional de la “guerra contra las drogas” fracasó. Su visión, alineada con las reformas estructurales del progresismo actual, plantea que el combate al crimen organizado no puede reducirse únicamente a la erradicación forzada de cultivos o a la persecución de los eslabones más débiles de la cadena.
Frente a ello, Cepeda propone una transición hacia una política de sometimiento colectivo a la justicia, con garantías de no repetición. Para el senador, la lucha real no se libra solo en las selvas con glifosato, sino en los mercados financieros y en la recuperación social de los territorios. Insiste en que, si no se desmantelan las estructuras de lavado de activos y no se ofrece una alternativa económica real a las comunidades marginadas, los cárteles simplemente mutarán de nombre.
Su enfoque prioriza la inteligencia judicial sobre la bota militar, al argumentar que la violencia desatada por el prohibicionismo solo alimenta un ciclo de sangre que Colombia no puede permitirse prolongar más allá de 2026.
En cuanto a la geografía del crimen, los principales cárteles en Colombia han evolucionado hacia estructuras más fragmentadas y paramilitarizadas. El Clan del Golfo, también conocido como Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), se mantiene como la organización criminal más poderosa y con mayor control territorial, recientemente designada como organización terrorista por el Departamento de Estado de Estados Unidos. A este grupo se suman las disidencias de las FARC —en particular el Estado Mayor Central (EMC) y la Segunda Marquetalia—, que controlan rutas estratégicas en el Pacífico y el sur del país. Asimismo, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) conserva una participación significativa en las rentas ilícitas, especialmente en la frontera con Venezuela.
Estas organizaciones han abandonado el modelo de los grandes cárteles verticales de los años ochenta, convirtiéndose en redes transnacionales que operan como proveedores de servicios para compradores globales, mientras mantienen un control social asfixiante sobre las comunidades locales.
Respecto a la alianza de estos grupos con los cárteles mexicanos, Iván Cepeda ha denunciado de forma recurrente la “mexicanización” del conflicto colombiano. Según el senador, la presencia de emisarios de los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación (CJNG) en territorio colombiano es una prueba del fracaso de las políticas de seguridad fronteriza hemisférica. Advierte que estas alianzas no son meras transacciones comerciales, sino una integración de capacidades militares y logísticas que desafían la autoridad de los Estados.
Cepeda señala que los cárteles mexicanos ya no solo compran la droga en los puertos, sino que se internan en las zonas de cultivo de Cauca y Nariño para supervisar la calidad y pureza del producto. Para él, la transnacionalización del crimen exige una respuesta multilateral que México y Colombia deben liderar conjuntamente, pues mientras ambos países sigan poniendo los muertos y llenando las cárceles, los beneficios económicos continuarán fluyendo hacia el norte sin que las verdaderas estructuras de poder sean tocadas.
Desenlace:
Iván Cepeda describe su relación con México como una alianza estratégica de identidad y destino común. Para el precandidato, el eje Bogotá–Ciudad de México es fundamental para construir un bloque progresista sólido en América Latina. Ve en el modelo mexicano un espejo de las luchas por la soberanía y la transformación social que defiende para Colombia.
Sus vínculos con líderes políticos y movimientos sociales en México son estrechos y se sustentan en una visión compartida de justicia social y en la necesidad de reformular el diálogo con Estados Unidos desde una posición de igualdad. Para Cepeda, México no es solo un socio comercial o un aliado en la problemática del narcotráfico, sino un referente político que demuestra que es posible desafiar el statu quo regional sin romper los canales institucionales.
En su discurso, la relación con el país azteca se presenta como la piedra angular de una política exterior que busca desmarcarse de la tutela de Washington, apostando por una integración latinoamericana que priorice la vida, la justicia social y la protección de los recursos naturales por encima de las agendas de seguridad impuestas desde el exterior.
Por: Federico La Mont
Domo de Cristal
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