Por la jueza Amarande Riojas Orozco
Hay experiencias que nos recuerdan que, detrás de cualquier proyecto, lo verdaderamente importante son las personas que deciden hacerlo suyo. Eso me ocurrió con Tejedoras de la Patria. Participar en esta iniciativa y vivir de cerca el encuentro en Benito Juárez me permitió conocer a mujeres extraordinarias y, sobre todo, descubrir la enorme fuerza que surge cuando mujeres con historias y realidades distintas encuentran un espacio para compartir, aprender y ponerse al servicio de las demás.
Lo que más me llamó la atención fue precisamente esa diversidad. Había mujeres de distintas edades, profesiones, oficios y experiencias de vida; mujeres con diferentes formas de pensar, trabajar y entender sus comunidades. No todas tenían la misma preparación, habían recorrido los mismos caminos ni enfrentado las mismas circunstancias. Algunas contaban con una amplia trayectoria de participación; otras apenas comenzaban a acercarse a estos espacios. Sin embargo, había algo que las unía y que, para mí, tiene un valor enorme: la vocación de servicio y el deseo genuino de hacer algo por alguien más.
Eso es lo que hace especial a Tejedoras de la Patria. Esta iniciativa, impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, parte del reconocimiento de las mujeres que ya tienen presencia y capacidad de liderazgo en sus comunidades, pero también busca fortalecer sus habilidades y construir redes de apoyo entre ellas. Su propósito es sumar a mujeres de distintas generaciones y territorios para que se conviertan en agentes de cambio en sus comunidades.
Y ahí radica una de las mayores riquezas del proyecto: no necesitas ser una mujer famosa, ocupar un cargo público ni tener una profesión determinada para ser una Tejedora de la Patria. Puedes ser profesionista, comerciante, emprendedora, estudiante, trabajadora, ama de casa, servidora pública, artesana o desempeñar cualquier otro oficio. Puedes tener veinte o setenta años. Puedes pensar diferente de otra mujer y, aun así, encontrar puntos de encuentro con ella. Lo verdaderamente importante es tener algo que aportar y la disposición de ponerlo al servicio de las demás.
En Benito Juárez pude compartir mi interés por contribuir a estas redes y, al mismo tiempo, escuchar historias de mujeres de quienes también aprendí. Me encontré con mujeres que conocen profundamente sus comunidades, saben cuáles son sus problemas y poseen una enorme capacidad para convocar, escuchar y acompañar. Algunas quizá no se considerarían líderes, pero cuando una mujer ayuda a organizar a otras, defiende a su comunidad, orienta a quien lo necesita o abre una puerta para que alguien más avance, ya está ejerciendo liderazgo.
Como jueza federal en materia penal, esta idea tiene un significado especial para mí. Mi trabajo me ha permitido conocer historias de mujeres que acuden a las instituciones después de haber vivido situaciones de violencia o haber sufrido vulneraciones a sus derechos. He aprendido que la justicia no comienza únicamente cuando una persona llega a un juzgado. También empieza mucho antes: cuando una mujer conoce sus derechos, sabe que puede pedir ayuda, encuentra información confiable y cuenta con otra mujer dispuesta a escucharla y acompañarla.
Por eso creo que impulsar los liderazgos femeninos también es una forma de construir justicia. Una mujer que aprende puede compartir lo aprendido. Una mujer que conoce sus derechos puede ayudar a otra a ejercerlos. Una mujer que descubre su capacidad para organizarse puede convertirse en el punto de encuentro de muchas más. Y una mujer que alguna vez necesitó ayuda puede decidir que, a partir de entonces, será ella quien tienda la mano.
Eso es lo que significa para mí tejer. No significa que todas debamos pensar igual ni caminar por el mismo sendero. Significa reconocer nuestras diferencias y, a pesar de ellas, encontrar aquello que podemos construir juntas. Una red fuerte no se forma con mujeres idénticas, sino con mujeres diferentes que comprenden que sus capacidades, conocimientos y experiencias pueden complementarse.
Por eso me gustaría que más mujeres se acercaran a Tejedoras de la Patria. No necesitan llegar sintiéndose líderes. Pueden hacerlo con una pregunta, una experiencia, un oficio, una idea o, simplemente, con ganas de ayudar. Muchas veces, el liderazgo no surge cuando alguien nos entrega un título, sino cuando descubrimos que aquello que sabemos, hemos vivido o somos capaces de hacer puede ser útil para otra persona.
En Benito Juárez confirmé que hay muchas mujeres con esa vocación: mujeres que quieren participar, aprender, enseñar y abrir camino. Mujeres que quizá nunca imaginaron que su propia experiencia podía convertirse en una herramienta para ayudar a otras y que, al encontrarse con una red de apoyo, descubren que no están solas y que tienen mucho que aportar.
Desde mi responsabilidad como jueza federal y desde mi convicción personal, quiero contribuir a que esos liderazgos sigan creciendo. Quiero compartir lo que sé, pero también aprender de las mujeres que todos los días construyen comunidad desde sus propios espacios. Porque México necesita mujeres que participen, conozcan sus derechos y ocupen espacios de decisión, pero, sobre todo, que sean capaces de abrir esos espacios para otras.
Tejedoras de la Patria nos invita a comprender que no tenemos que esperar a ser famosas ni pertenecer a un partido político para comenzar a servir. Muchas veces basta con mirar a nuestro alrededor y reconocer que otra mujer necesita apoyo. Así también tejemos nuestro país: mujer con mujer, experiencia con experiencia, conocimiento con conocimiento, hasta construir una red lo suficientemente fuerte para que ninguna tenga que caminar sola.
Porque tú, que lees este artículo, no estás sola.