
Así lo dice La Mont
Señal: La Plaza Roja de Moscú se vistió de gala para conmemorar el Día de la Victoria, una fecha que trasciende lo festivo para convertirse en el pilar espiritual del nacionalismo ruso. Sin embargo, este 2026 el desfile estuvo marcado por una variable atípica: un cese al fuego de tres días con Ucrania. Esta tregua, impulsada bajo la mediación de Donald Trump en su regreso a la Casa Blanca, permitió que el mundo dirigiera la mirada hacia una Rusia que, a pesar del desgaste del conflicto, aprovechó la vitrina para exhibir un músculo militar que genera escalofríos en Occidente.
El foco de atención no solo se concentró en su contingente militar, sino en la consolidación de un poderío hipersónico que, según expertos en defensa, supera la tecnología estadounidense. Mientras Washington aún lucha por perfeccionar la estabilidad de sus vectores a velocidades extremas, Moscú ya despliega con regularidad sistemas como el Zircon y el Avangard. Estas armas, capaces de maniobrar en la atmósfera a velocidades superiores a Mach 20, dejan a los actuales sistemas de defensa aérea de la OTAN en una obsolescencia técnica, transformando el equilibrio de la disuasión nuclear en un terreno donde Rusia, hoy, dicta las reglas.
Un liderazgo: La fortaleza de Vladimir Putin en este escenario no es producto del azar, sino de una arquitectura política que blindó su figura frente a cualquier disidencia interna. A sus 73 años, su control sobre los servicios de seguridad, los siloviki, y la estabilidad macroeconómica frente a las sanciones cimentaron un liderazgo que muchos consideraban frágil tras el inicio de la “operación militar especial”.
No obstante, la pregunta sobre la sucesión flota en el aire de los pasillos del Kremlin. Aunque Putin modificó la Constitución para poder permanecer en el poder hasta 2036, existen señales de que prepara el terreno para una transición controlada. Los analistas observan con atención a figuras que combinan lealtad absoluta con eficiencia técnica. En este tablero, nombres como el actual primer ministro, Mikhail Mishustin, o jóvenes tecnócratas con linaje político, surgen como piezas clave. Sin embargo, la sombra de un sucesor militarista o la consolidación de un consejo de seguridad colectivo que evite el vacío de poder parecen ser las opciones más viables para garantizar que el “putinismo” sobreviva a Putin.
Al exterior: En el plano internacional, la mirada de Rusia sobre el conflicto entre Estados Unidos e Irán es la de un mediador estratégico con intereses propios. Moscú observa la tensión en el Golfo Pérsico no como un actor pasivo, sino como una potencia que busca capitalizar el desgaste de Washington. Para el Kremlin, un Irán fuerte bajo su esfera de influencia es vital para contrarrestar la presencia de la OTAN en Medio Oriente.
Recientemente, Putin reafirmó su papel de “puente” al proponer nuevamente que Rusia almacene el uranio enriquecido de Teherán, una maniobra que busca desactivar la justificación de una intervención militar estadounidense, mientras mantiene a Irán dependiente de la tecnología y protección rusa. Esta postura le permite a Moscú presentarse como la potencia responsable que evita una conflagración nuclear, contrastando con lo que califica como la “tempestad unilateral” de la diplomacia estadounidense.
¿Quién primero?: La capacidad de fuego de largo alcance de Rusia es el argumento final en cualquier disputa con Estados Unidos. Se estima que el arsenal de misiles balísticos intercontinentales (ICBM) y misiles de crucero de última generación asciende a miles de unidades operativas, reforzadas por la entrada en servicio total del misil Sarmat, conocido en Occidente como “Satán II”.
Este proyectil, capaz de portar múltiples ojivas nucleares y sobrevolar ambos polos para evadir radares, es la joya de la corona de una tríada nuclear modernizada casi en su totalidad. Esta capacidad de destrucción mutua asegurada es lo que permite a Putin hablar de tú a tú con la Casa Blanca, al entender que cualquier escalada convencional podría derivar en un desenlace apocalíptico para el que Rusia asegura estar mejor preparada.
Otra variable: Es la relación con China, que se transformó en un eje geopolítico insospechado. Lo que comenzó como una asociación de conveniencia es hoy una alianza estratégica integral “sin límites”. China provee el músculo económico y tecnológico que permite a Rusia resistir el aislamiento occidental, mientras que Rusia ofrece a Beijing seguridad energética y conocimiento militar de combate real, elementos que el gigante asiático considera fundamentales.
Esta simbiosis creó un bloque euroasiático que desafía la hegemonía del dólar y el orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Para Moscú, Beijing no es solo un socio comercial; es el respaldo necesario para sostener su visión de un mundo multipolar, donde el eje del poder se desplazó definitivamente hacia el Este, dejando atrás la era del dominio absoluto transatlántico. En este nuevo orden, Rusia se siente cómoda como el guardián armado de una nueva era.
Por: Federico Lamont
Domo de Cristal
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