
Así lo dice La Mont
Discusión:
El debate global sobre el fracturamiento hidráulico, mejor conocido como fracking, es ya uno de los puntos de fricción más agudos entre la soberanía económica y la integridad ambiental. Para entender por qué Alemania y otras naciones europeas decidieron cerrar la puerta a esta técnica, mientras Estados Unidos la adoptó hasta convertirse en el mayor productor de petróleo y gas del mundo, es necesario analizar factores como la geología, la densidad poblacional y la psicología política.
En el contexto estadounidense, el fracking fue visto como la llave maestra hacia la “independencia energética”. Las vastas extensiones de terreno en Texas, Dakota del Norte y Pensilvania, sumadas a leyes de propiedad del subsuelo que favorecen al dueño de la tierra, permitieron una expansión agresiva. Sin embargo, en Europa el escenario es radicalmente distinto. Alemania, por ejemplo, posee una densidad de población mucho más alta y una dependencia crítica de sus acuíferos profundos. Para Berlín, el riesgo de contaminación de las aguas subterráneas y la sismicidad inducida no son variables aceptables en un territorio tan compacto.
Además, la Unión Europea ha priorizado la transición hacia energías renovables bajo el Pacto Verde, considerando que invertir en infraestructura para gas de esquisto es una apuesta a largo plazo por un combustible fósil que pronto será obsoleto. Francia, otro opositor histórico, prohibió la técnica basándose en el principio de precaución, al argumentar que los beneficios económicos inmediatos no compensan el daño ecológico irreversible a sus paisajes y sectores agrícolas. Así, mientras Estados Unidos priorizó el mercado y la geopolítica del crudo barato, Europa decidió que su seguridad ambiental es un activo no negociable.
Ejemplo:
En el caso de México, la postura frente al fracking ha dado un giro intrigante: transita de la negativa rotunda a una apertura técnica matizada. Durante su sexenio, Andrés Manuel López Obrador mantuvo como una de sus promesas de campaña más emblemáticas la prohibición del fracking, asociándolo con el “modelo neoliberal” de explotación y con el uso excesivo de agua en zonas de estrés hídrico.
No obstante, la realidad operativa de Petróleos Mexicanos mostró una contradicción. A pesar del discurso oficial, se mantuvieron vigentes contratos y asignaciones en yacimientos no convencionales, debido a que gran parte de las reservas remanentes del país dependen de estas técnicas.
Con la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia, la narrativa evoluciona hacia un enfoque que ella denomina “científico y soberano”. Con una sólida formación en ingeniería energética y un perfil técnico, Sheinbaum convocó a especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Politécnico Nacional (IPN) para evaluar la viabilidad de la extracción de gas y petróleo en lutitas.
Este planteamiento no implica un aval ciego del fracking al estilo estadounidense, sino la búsqueda de una “técnica mexicana” menos invasiva, que permita aprovechar los recursos sin comprometer el agua. Esta fase busca resolver el déficit de producción de gas natural, del cual México importa cerca del 70% desde Estados Unidos, bajo la premisa de que la ciencia puede mitigar los riesgos ambientales previamente denunciados por el activismo político.
¿Dónde?:
La ubicación geográfica de estos recursos es el tercer eje fundamental para comprender las tensiones mencionadas. El fracking no puede realizarse en cualquier lugar; requiere formaciones geológicas específicas de roca sedimentaria, principalmente lutitas, que atrapan el hidrocarburo en poros microscópicos.
En el continente americano, la región predominante es la Cuenca Pérmica, que se extiende por el oeste de Texas y el sureste de Nuevo México, y que ha sido el epicentro de la revolución energética de la última década. En México, la prolongación natural de estas formaciones se encuentra en el noreste del país, específicamente en la Cuenca de Burgos, que abarca partes de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Esta zona es considerada el espejo de la formación Eagle Ford en Texas, al compartir características geológicas que la hacen altamente atractiva para la extracción de gas.
Otra región crítica es la cuenca de Tampico-Misantla, situada en la planicie costera del Golfo de México y que abarca Veracruz y San Luis Potosí. En estas provincias petroleras se concentra el mayor potencial de recursos no convencionales, pero también donde se libran las batallas más intensas por el uso de la tierra y la protección de los mantos freáticos, ya que suelen coincidir con zonas agrícolas o ecosistemas costeros vulnerables.
Desenlace:
Es imperativo señalar que el mapa del fracking suele coincidir con regiones donde la infraestructura hídrica ya está bajo presión. En la Cuenca de Burgos, la escasez de agua es una realidad cotidiana para la población y la agricultura, lo que genera un dilema ético y logístico: utilizar millones de litros de agua dulce para fracturar la roca y liberar gas, o preservar ese recurso para el consumo humano.
Esta es la razón por la cual el equipo de científicos del IPN y la UNAM está bajo la lupa, pues su tarea no es solo técnica, sino también socialmente definitoria. Mientras Estados Unidos continúa perforando con un enfoque de rentabilidad y volumen, el resto del mundo observa si México logrará encontrar un punto medio o si, al igual que Alemania, concluirá que el costo del subsuelo es demasiado alto para pagarlo con el agua de la superficie.
La geografía del fracking no solo dicta dónde está el dinero, sino también dónde se concentran los riesgos más profundos para la estabilidad climática y social de las próximas décadas. La transición entre el rechazo político y la revisión técnica experta marca una nueva etapa en la política energética mexicana, donde la necesidad de gas propio choca de frente con la fragilidad de los ecosistemas del noreste y del Golfo de México.
Domo de Cristal
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