
Así lo dice La Mont
El Vaticano, presente: La reciente escalada de tensiones globales ubica al Vaticano en una posición de urgencia ética frente al discurso beligerante del presidente estadounidense, Donald Trump, quien planteó la posibilidad de eliminar al gobierno de Irán y desmantelar su sistema teocrático. La Santa Sede, que históricamente ha mantenido prudencia y silencio estratégico, reaccionó con una contundencia inusual ante lo que considera una amenaza directa no solo a la estabilidad regional, sino a la integridad de toda una civilización.
Para la Santa Sede, la retórica de aniquilación total de un Estado, independientemente de los desacuerdos ideológicos o religiosos con el régimen de Teherán, constituye una violación flagrante del derecho internacional y una afrenta a la dignidad humana. La preocupación vaticana radica en que el colapso forzado de una teocracia mediante la fuerza militar externa no garantiza una transición hacia la democracia, sino que suele derivar en un vacío de poder que victimiza a la población civil más vulnerable, una lección que Roma ha subrayado tras las experiencias en Irak y Libia.
Contexto: El actual sumo pontífice, el Papa León XIV, se pronunció de manera oficial el pasado 7 de abril al calificar la postura de la administración Trump como inaceptable. Desde su residencia en Castel Gandolfo, el Papa enfatizó que la amenaza de destruir una civilización entera bajo el pretexto de una negociación política es moralmente indefendible.
Esta posición no fue un arranque retórico espontáneo, sino una visión diplomática cuidadosamente construida por la Secretaría de Estado del Vaticano, órgano rector de la política exterior de la Santa Sede. El titular de esta área, el Pietro Parolin, es el encargado de tejer la red de contactos necesarios para mitigar el impacto de las declaraciones de Washington. Parolin, diplomático de carrera con vasta experiencia, sostiene que la Santa Sede no puede permanecer neutral cuando está en juego la supervivencia de la infraestructura civil y la vida de millones de inocentes, e insta a las potencias involucradas a regresar a la mesa de diálogo y abandonar la vía del ultimátum.
Los principios de la política exterior del Vaticano en Medio Oriente se fundamentan en la promoción de la libertad religiosa, la protección de las minorías cristianas y, fundamentalmente, la defensa del multilateralismo. Tras las visitas de Estado del sumo pontífice a naciones como Turquía y Líbano, la estrategia vaticana busca consolidar una relación de respeto mutuo con los Estados musulmanes, a los que observa como interlocutores necesarios para la paz y no como enemigos civilizatorios.
Esta visión se apoya en la convicción de que el diálogo interreligioso es una herramienta política de primer orden. En sus viajes, el Papa ha asegurado que la Santa Sede reconoce la soberanía de estas naciones y aboga por un orden regional donde la convivencia entre el islam y otras creencias sea el eje central. Para el Vaticano, el respeto a la soberanía de países como Irán es una extensión del principio de no intervención, siempre que este se equilibre con la defensa de los derechos fundamentales de los ciudadanos.
Antecedentes: Existe una diferencia sustancial entre la política exterior del actual Papa hacia los palestinos, Israel y las naciones musulmanas, frente a la de sus tres últimos antecesores. Mientras que Juan Pablo II se centró en la caída del comunismo y el diálogo ecuménico, Benedicto XVI profundizó en la relación entre fe y razón —a veces con tensiones directas con el mundo islámico tras su discurso en Ratisbona—, el actual pontificado ha adoptado un enfoque de justicia social y hermandad universal mucho más pragmático.
A diferencia de Francisco, quien inició este giro hacia el “sur global”, León XIV ha llevado la diplomacia vaticana un paso más allá al despojarse de cualquier rastro de eurocentrismo. Su postura frente al conflicto palestino-israelí es más explícita en la exigencia de un Estado palestino soberano con fronteras seguras, alejándose de la tradicional equidistancia diplomática que caracterizó a la Santa Sede durante décadas.
Frente al desempeño de sus predecesores, el actual Papa ha integrado la crisis climática y la desigualdad económica como factores de inestabilidad en las naciones musulmanas, al comprender que la paz en Medio Oriente no depende solo de acuerdos militares, sino de la dignidad humana básica.
En relación con Israel, el vínculo se ha vuelto más tenso debido a la firmeza con la que el Vaticano denuncia la expansión de asentamientos, un tema que en pontificados anteriores se manejaba con mayor discreción para evitar fisuras con el Estado judío.
Esta nueva era diplomática se caracteriza por una franqueza que prioriza la supervivencia de los pueblos por encima de las alianzas políticas tradicionales de la Guerra Fría o la era posterior al 11 de septiembre. El Vaticano se proyecta hoy como una voz que, aunque carece de divisiones militares, utiliza su peso moral para frenar la retórica de guerra total que emana de las potencias occidentales, consolidando una identidad que es, ante todo, mediadora y profundamente humana en un tablero geopolítico cada vez más hostil.
Por: Federico Lamont
Domo de Cristal
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