
A la caza de las ideas
Por: Juan Ayón Bernal
Hay tanta información en el mundo virtual que abruma y no da tiempo de analizarla ni de reflexionar sobre ella; por ello, te mantiene siempre en el presente, en una condición de “sonámbulo” consumista.
En la era de la información, los miles de datos, audios e imágenes, en lugar de aclarar tus dudas, te sumergen y te ahogan en una confusión total, porque una idea, información o noticia nueva expulsa a la anterior a una velocidad que no te permite echar a andar las neuronas.
Los contenidos en el mundo virtual se mueven tan rápido que no te dan tiempo de asimilarlos ni de crear una opinión personal. Además, si están cargados con conceptos ideológicos de los distintos grupos de poder, tu mente se convierte en una bomba de tiempo a punto de explotar, porque no logras entender la realidad con lo que ves y oyes en ese entorno, donde la mayoría de las veces los mensajes chocan o se contradicen.
Ejemplos sobran en el mundo. Veamos uno sencillo, descarado y sin cortapisas. El gobierno de Estados Unidos instruyó a sus embajadas a ubicar y contratar “influencers” para difundir la posición de Washington en la guerra contra Irán. Según la Casa Blanca, esto responde a que el país musulmán atentaba contra la seguridad estadounidense.
En el fondo, el presidente Donald Trump ha dejado claro que no le interesa si los gobiernos de esos países son buenos o malos; si la población es víctima de violaciones a los derechos humanos; o si los bombardeos matan civiles. Su postura es clara: apropiarse del petróleo. Lo demás no le interesa. Hay que decirlo con claridad: se trata de una agresión de Israel y Estados Unidos contra Irán.
El mundo virtual, ahora potenciado por la Inteligencia Artificial, te hace pensar que las guerras son “normales”; que el saqueo de los recursos naturales por parte de las potencias es parte de la rutina y del presente “porque no hay remedio”. Incluso se te sugiere que debes sentirte afortunado porque tu “confort” no está en riesgo. Ese es el mundo virtual: un mundo paralelo que solo existe frente a la pantalla de tu computadora o en tu teléfono celular.
En ese entorno ves y escuchas la monstruosidad de la información que te llena de horror, pero en segundos pasas a contenidos “ligeros” y cursis que rara vez se viven en la realidad. Y, del mismo modo, en cuestión de segundos olvidas los horrores del mundo e incluso los de tu propia vida.
En ese mundo, todos tienen el mejor producto que “debes comprar” para alcanzar un mejor “estatus”; todos dicen tener la verdad sobre la democracia, donde “eliges libremente” qué consumir; y muchos hablan en nombre de Dios para justificar guerras, agresiones y el exterminio de pueblos con el fin de apropiarse de sus recursos naturales.
Muchos creen que piensan y deciden con criterio propio, cuando en realidad el marketing moldea ese criterio y, al final del camino, decide por ellos. El marketing no tiene límites en el mundo virtual. ¿Cuántas veces has visto o escuchado frases como “antes de que lo borren debes verlo”? Es un simple gancho para que consumas.
En la realidad, el consumismo desenfrenado está cosificando tu mente, tus acciones y tu vida. La sociedad de consumo te hace creer que es prioritario comer en restaurantes caros —sin importar el costo—, vestir de marca, comprar autos de lujo, perfumes costosos, tener tarjetas de crédito y, sobre todo, comprar, comprar y comprar. Todo bajo la idea de que “hay que vivir el presente” porque la vida es corta.
Quien considera normal comprar y vender sin cuestionar es víctima de un capitalismo bárbaro que depreda los recursos naturales: madera, petróleo, agua y metales preciosos. Mientras muchos jóvenes (millennials y generación Z) viven inmersos en el mundo virtual, grandes corporaciones continúan explotando el planeta para acumular riqueza, al tiempo que reducen tu capacidad de raciocinio.
El mundo real te mantiene en un consumismo que te convierte, al mismo tiempo, en un objeto de consumo. Te cosifica: te transforma en “cosa”, en mercancía de compra y venta.
La carretera de la información, basada en tus preferencias —noticiosas, ideológicas, religiosas, sociales, laborales, familiares e incluso de consumo—, te envía cientos de mensajes y videos en redes sociales que te abruman día a día. En lugar de informarte y vincularte con otros, el algoritmo te aísla, apropiándose de tu atención, tus necesidades y tu entretenimiento, bajo la ilusión de que responde a tus “objetivos”. Si no puedes acceder a ese mundo, te frustra y te margina.
En la actualidad, desde Silicon Valley y otros centros tecnológicos, programadores y mercadólogos, con base en perfiles de usuario, te bombardean con miles de mensajes, canales y “reels” relacionados con lo que alguna vez buscaste.
Son mensajes que compiten por tu tiempo, tu “like” o tu suscripción. No buscan tu bienestar: buscan que formes parte de su negocio. No les interesa la persona, sino el consumidor; no el ser humano, sino el comprador permanente.
Incluso los miles de mensajes aparentemente “inocentes”, como los saludos de buenos días, refuerzan la idea de vivir solo el presente: no mirar al pasado ni preocuparse por el futuro. El mensaje implícito es claro: consume, porque todos venden.
El capitalismo bárbaro continúa. Y el filósofo Karel Kosík, nacido en Praga en 1926, sigue vigente con su obra Dialéctica de lo concreto, traducida por Adolfo Sánchez Vázquez en 1967. Kosík sostiene que este sistema genera un pensamiento igualmente bárbaro, en el que la esencia humana queda opacada por la cosificación: un ser acrítico y sin voluntad.
En suma, para Kosík, la esencia y el progreso del ser humano no son el fin de una sociedad consumista, donde todo —y todos— tienen un precio. Se trata de una lógica que niega el verdadero progreso de la humanidad en su conjunto, en beneficio de una minoría que decide por todos.
El eterno presente te cosifica y termina por erosionar tu esencia: tu humanidad, exiliándote de la realidad.
Domo de Cristal
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