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Inquietante pena de muerte israelí

Staff Domo de Cristal
Israel

Así lo dice La Mont

Dirección:
La Knesset (Parlamento israelí) tomó una decisión que sacude los cimientos éticos y legales del Estado al adoptar formalmente la pena de muerte para acusados de terrorismo. Esta acción no surge en un vacío, sino en el epicentro de una escalada regional sin precedentes contra el eje liderado por Irán.

El contexto es grave: Israel enfrenta un asedio constante desde múltiples frentes, especialmente por Hezbollah en el Líbano, una organización que opera como un Estado dentro de otro, dirigida por figuras cuya influencia trasciende lo militar. Tras la desaparición de actores históricos en ataques selectivos, el liderazgo libanés recayó en hombres como Naim Qassem, actual secretario general, quien mantiene una línea de confrontación absoluta respaldada por el Consejo de la Shura.

Estos líderes no solo coordinan la lluvia de cohetes sobre el norte de Israel, sino que funcionan como el brazo ejecutor de la estrategia de desgaste diseñada en Teherán, convirtiendo la frontera libanesa en un frente abierto que Israel intenta cerrar mediante acciones de dureza extrema, como la mencionada pena capital. Se busca un efecto disuasorio que, para muchos analistas, resulta insuficiente ante la convicción ideológica de sus adversarios.

Paralelamente a la guerra externa, Israel vive una metamorfosis interna que lleva a algunos sectores radicales a cuestionar la naturaleza misma del Estado en su forma actual, e incluso a declarar simbólicamente su inexistencia bajo marcos seculares para abogar por una teocracia o un control total sobre territorios en disputa.

Para entender este fenómeno, es necesario resaltar la coalición que sostiene a Benjamin Netanyahu. Su gobierno es un mosaico de fuerzas de derecha y ultraderecha que redefinen el equilibrio de poder en la Knesset. Entre sus pilares fundamentales se encuentran Itamar Ben-Gvir, líder del partido Otzma Yehudit (Poder Judío), y Bezalel Smotrich, de HaTzionut HaDatit (Sionismo Religioso). A ellos se suman los partidos ultraortodoxos Shas, dirigido por Aryeh Deri, y Judaísmo Unido de la Torá, encabezado por Yitzhak Goldknopf. En conjunto, forman un bloque cuya ideología se basa en el nacionalismo religioso, la expansión de asentamientos y una visión de seguridad donde la fuerza es el único lenguaje válido.

Objetivos:
La simpatía de estos sectores por el desarrollo de un arsenal nuclear robusto no es un secreto. Su ideología dicta que Israel debe ser una potencia autosuficiente y de “disuasión absoluta” frente a una comunidad internacional que perciben como hostil o voluble. Para ellos, el arma nuclear representa la garantía definitiva contra un segundo Holocausto.

La mayoría parlamentaria de esta coalición parece sólida por ahora, cimentada en la falta de una alternativa opositora unificada. Se estima que podrían mantener el control hasta el final de la legislatura si logran gestionar las fricciones internas sobre el presupuesto y el servicio militar de los ultraortodoxos, lo que les daría un horizonte de gobierno hasta finales de 2026.

Coyuntura:
Mientras arde Medio Oriente, al otro lado del Atlántico la arquitectura de seguridad occidental enfrenta sus propios desafíos. Marco Rubio, en una de sus intervenciones más contundentes antes de asumir su nuevo rol, advirtió a la OTAN que la supervivencia de la alianza es inviable sin el respaldo financiero y militar de Estados Unidos.

Esta postura refleja una evolución del pensamiento republicano: no implica un abandono total, sino una exigencia de reciprocidad. El desempeño de Rubio como senador por Florida fue fundamental para esta transición. Se consolidó como un “halcón” en política exterior, destacando por su rigor en el Comité de Relaciones Exteriores y su profundo conocimiento de las amenazas en América Latina y Asia.

Su gestión se caracterizó por un equilibrio entre el intervencionismo tradicional y la nueva doctrina de “América Primero”, lo que lo convirtió en un puente entre el establishment republicano y la base leal a Donald Trump.

El nombramiento de Rubio como secretario de Estado por parte de Trump no fue casual, sino una decisión estratégica. Trump buscaba a alguien con credibilidad institucional que, al mismo tiempo, compartiera su visión de un mundo transaccional. Rubio ofrece esa dualidad: posee la diplomacia necesaria para tratar con aliados y la firmeza ideológica para presionar a rivales.

Su mensaje a los líderes del G7 la semana anterior reflejó esta visión. Fue claro al señalar que el orden mundial basado en reglas solo persiste si existe voluntad firme para defenderlo, y que Europa debe asumir una mayor carga en la defensa de su propio continente si espera que el contribuyente estadounidense continúe financiando el escudo transatlántico.

SOS:
Esta advertencia al G7 subraya una fractura en la confianza que define la era actual. Rubio planteó que el multilateralismo es una herramienta, no un fin en sí mismo, y que las naciones más ricas del mundo deben alinear sus políticas económicas y de defensa para contrarrestar la hegemonía de China y la agresividad rusa.

Para el exprecandidato presidencial de 2016, el tiempo de las sutilezas ha concluido, dando paso a una etapa en la que la diplomacia de Washington será tan directa como las amenazas que enfrenta.

Entre la aplicación de medidas extremas en Jerusalén y la reconfiguración de las alianzas occidentales en Washington, el mundo se asoma a un orden donde la fuerza y la soberanía se imponen sobre los antiguos consensos de la posguerra.

Por: Federico Lamont

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