Tal como se esperaba, la propuesta de reforma político-electoral que presenta la presidenta Claudia Sheinbaum suma una serie de consideraciones que buscan darle en la línea de flotación a la partidocracia y colocar al ciudadano en el centro de la discusión pública.
Hay acciones de fondo en la visión de la mandataria: arrebatarle a los partidos la posibilidad de colar a personajes impresentables en la Cámara de Diputados y terminar con las famosas listas en el Senado. Y eso tiene destinatarios claros.
No olvidemos, por ejemplo, que los senadores del PRI que entraron por lista fueron, ni más ni menos, que Alejandro Moreno Cárdenas y Carolina Viggiano; o que por el PAN llegaron Ricardo Anaya, Marko Cortés y Lilly Téllez. Sin olvidar que en Morena, por esa misma vía, accedieron Adán Augusto López y Gerardo Fernández Noroña.
Todos los anteriores, de una u otra manera, han protagonizado episodios bochornosos que alimentan la percepción de la gente de a pie, que no quiere identificarse con la clase política y asume que lo que ocurre en las cámaras es una burla, una danza de excesos y, en todo caso, un juego de complicidades.
La presidenta propone, así, desaparecer a 32 senadores que, desde su óptica, no abonan y sí cuestan.
En el caso de la Cámara de Diputados, su planteamiento es mantener el mismo número de plurinominales —200—, pero cambiar el mecanismo para elegirlos.
Eso es solo el principio de lo que se plantea en la propuesta. Hay otras áreas relevantes, como la homologación en los estados de las leyes de revocación de mandato; la eliminación del fuero; la reducción del elevado gasto electoral y, por supuesto, la disminución de los recursos públicos destinados a los partidos políticos.
Sheinbaum es congruente con lo que piensa y con su modo de actuar. Esta iniciativa de reforma, a todas luces, lleva su sello.
Ahora bien, el detalle es que su propuesta ya está generando una “rebelión en la granja”. No solo los actores que siempre se oponen —el llamado PRIAN—, sino también aliados de la 4T, comienzan a matizar su respaldo y a encontrar que la reforma, tal como está planteada, no conviene a sus intereses particulares.
Claro, si uno está en el PT o en el PVEM puede advertir el fondo del asunto: ya no habría reelección; se cerraría el paso a heredar cargos a la esposa o al hermano; se reducirían las prerrogativas; y se impediría brincar de un escaño a otro por el simple hecho de controlar una franquicia política.
La idea de Claudia Sheinbaum es acabar, de una vez por todas, con los privilegios de la partidocracia. Y eso, a quienes han vivido durante décadas aprovechando los huecos del actual diseño democrático mexicano, simplemente no les gusta.
Incluso podría tratarse de un cálculo político de la presidenta: asumir que su iniciativa quizá no prospere porque perfiles del PT, el PVEM e incluso de Morena no cumplirán con su parte.
El mensaje, sin embargo, es claro: si no respaldan la propuesta presidencial, podría caerles la guillotina política y quedar fuera de las posiciones electorales rumbo a 2027. Incluso la viabilidad de la alianza Morena-PT-PVEM podría quedar en entredicho. Si sus aliados no acompañan esta reforma, difícilmente acompañarán el proyecto integral de nación que ella impulsa.
La visión de muchos políticos mexicanos sigue siendo la de “hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre”, siempre y cuando no se toquen sus propios intereses.
El asunto es que, en la actual configuración política del país, los márgenes de maniobra son reducidos y las pérdidas pueden ser mayores.
No ir en alianza con Morena en 2027 podría costarles a sus aliados no ganar absolutamente nada: ni diputaciones, ni gubernaturas, ni alcaldías; incluso podrían arriesgar el registro.
Ya lo veremos.

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