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El Dr. Roberto Rives Sánchez, una institución en la Administración Pública

Staff Domo de Cristal
Pepe 2

Por José Sobrevilla/Raúl Fraga/Contextos

Orgulloso de ser mexicano y mexiquense, el doctor Roberto Rives Sánchez, a quien, por sus importantes aportaciones a la academia, la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, lo ha reconocido como uno de sus más valiosos activos, continúa activo como catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, FCPyS, a la vez que también imparte cátedra en el Centro de Estudios Superiores Navales del gobierno mexicano. Especializado en Administración y Políticas Públicas, Roberto Rives Sánchez ha realizado estudios de Maestría en Políticas Públicas por la University of Sheffield, Reino Unido, y Doctorado en Administración Pública en la FCPyS-UNAM, donde fue aprobado con mención honorífica, y reconocido por haber logrado el promedio perfecto.

Una de sus obras más mencionadas por los especialistas ha sido: “Elementos para un Análisis Histórico de la Administración Pública Federal en México, 1821-1940”, Serie II Administración Pública Mexicana, editada en 1984 por el Instituto Nacional de Administración Pública, INAP. Ha impartido cátedras en las escuelas de Alto Gobierno en Bogotá, Colombia; en la Universidad Mariano Gálvez de Guatemala, así como en congresos como el de Argentina y Uruguay.

De naturaleza sencilla y gran lucidez, tuvimos la oportunidad de entrevistarlo para esta entrega de ‘Historias de Vida’, ahora acompañado por el periodista Raúl Fraga, en un aula de la FCPS el pasado 5 de septiembre (2025). Nos reveló que su madre fue oriunda de Tlalmanalco, Edomex (…) “Recuerdo que, cuando íbamos a visitar a la abuela −por la línea materna−, teníamos que ir a la terminal de camiones que iban para Cuautla, cuya terminal estaba en la calle Ignacio Zaragoza, al final, antes de llegar a Morazán; era un recorrido que se me hacía eterno, pero se trataba de otro territorio, en términos de tipo de gente, costumbres, población; era un aire limpio, porque ahí abajo, encima, se encuentran los volcanes. Esto fue en mis primeros diez años”.

“Mi padre era de Guanajuato, si me enteré bien, porque él se fue de este mundo cuando yo era pequeño. Era de una familia de un poblado llamado Rivet, en Francia, pero, al emigrar, llegaron a instalarse en Guanajuato, y ahí se asentaron. En fin, por los dos lados, me encuentro unido bajo territorio mexicano; sin embargo, toda mi existencia la he vivido en la Ciudad de México”.

Recordó con nostalgia los tiempos cuando sus padres llevaban una vida más rural que urbana, como se estilaba en esos tiempos… “Todavía, a mitad del siglo XX, todo era predominantemente rural, aunque había ya un poco la tendencia a transformarse cada año hacia lo urbano”. Me tocó ver la construcción del metro (…) recuerdo que tenía una bicicleta y decía −con unos amigos− “vámonos a ver el metro, el túnel, y ahí andábamos recorriéndolo…”

Sus estudios básicos los realizó Rives en la Ciudad de México, entonces Distrito Federal. El bachillerato lo cursó en la Prepa Tres de San Idelfonso y, como ya tenía que trabajar, estaba justo en el turno de la tarde. En la mañana había entrado a trabajar en el Instituto Mexicano del Seguro Social, IMSS, donde hizo buena parte de su historia laboral. Ingresó como Auxiliar Administrativo en la Jefatura de Adquisiciones, después fue analista en Servicios Técnicos; Técnico en Organización y Métodos, Asesor del Secretario General y Jefe de los Servicios de Publicaciones y documentación.

“Mi vida de adolescente pre-universitario se dio en un México muy grato, amigable… porque “iba a jugar fútbol todas las tardes; salía de la primaria, o la secundaria, y en la tarde era la ‘cascarita’, porque teníamos un parque ahí enfrente, y no sentías ningún peligro de nada. Todo era diversión; sin embargo, puntualito, a las siete de la noche, “pa’dentro”. Después falleció mi abuela, posteriormente mi madre, y fue entonces que cambió la circunstancia de mi vida, por eso tuve que entrar a trabajar. Y ya en la preparatoria mi adolescencia volvió a cambiar, porque todo mi día estaba ocupado. Por la mañana, el trabajo; en la tarde, la preparatoria, y los sábados se trabajaba también.

Una etapa que el doctor Rives disfrutó mucho −nos comentó− fue la de ‘las discos’ (discotecas), con John Travolta y las novias, lo que totalmente cambió su estilo de vida. “Tenía unos amigos con los que hacíamos una especie de ‘club de baile’, y todo el tiempo era de fiestas en las discotecas; más que parrandas, era el baile lo que nos movía. Conocer a las muchachas era muy divertido, hasta que llegó un momento en que dije: “esta diversión no me va a llevar muy lejos. O me aplico a mis estudios, o mi vida será otra. Entonces dije, “me alejo del baile y me aplico al estudio (…) saqué mis materias pendientes, y un día vi un anuncio en el periódico: ‘se prorroga el dictamen del Premio Anual de Administración Pública’, que era otorgado por el INAP”.

En aquellos tiempos era un premio prestigiado que entregaba el presidente de la República, y me dije: “Este va a ser para mí”; y le trabajé mucho a la investigación y finalmente lo terminé ganando. Me lo entregó (1983) el presidente Miguel de la Madrid. Eso marcó otra etapa de mi vida, porque, de tener un trabajo muy rutinario, sindicalizado, dentro de la estructura administrativa del Seguro Social, se me abrieron cinco oportunidades de empleo, entre otras la de secretario de la Contraloría. Acomodé todo y me pude quedar en el IMSS unos años más. Salarialmente, me nivelaron muy bien, y volvió a cambiar mi vida porque entré ya a un ámbito más profesional de la Administración Pública.

“Este cambio me hizo distinguir lo práctico de lo teórico, y yo no quería ser cien por ciento teórico, ni cien por ciento práctico. Fue así que tuve un reencauzamiento en mi vida.  “Entonces me di cuenta de la importancia de combinar las dos: que una alimente a la otra y viceversa”.

− Y, ¿toda tu formación fue en torno a la Administración Pública, Ciencia Política y Administración Pública como estudio formal en aula?, cuestiona el reportero Raúl Fraga.

El estudio es muy diferente de lo que es en Derecho; por ejemplo, en Ciencias Políticas se estudia el Estado, pero con un método, objeto y campo que es el poder. Los politólogos dicen ‘nosotros estudiamos ciencia del poder’, los juristas ‘hacen teoría del Estado’. Son dos campos diferentes, con métodos muy distintos. Y cuando estuve en la Secretaría de Gobernación me di cuenta que conocer el marco jurídico era importantísimo. Entonces, como autodidacta, me puse a estudiar la Constitución Política, lo que me hizo ir un paso adelante de la mayor parte de la gente, los grupos de trabajo, en los que participaba.

Me aprendí la Constitución estudiándola casi como catecismo, porque la he analizado, −a lo mejor exagero− pero unas mil veces. Y eso se debe a que escribí un libro con todas las reformas constitucionales (“La Constitución Mexicana hacia el siglo XXI”. Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública y Plaza y Valdés SA. México 2000. 456 págs.  4a. edición; y en 2010 “La Reforma Constitucional en México”, Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM).

Algo que hizo al doctor Rives replantearse su esquema de vida otra vez, fue también el caso del Señor Castilla, un compañero de trabajo que, feliz porque ya se iba a jubilar, hasta le hicieron una fiesta para celebrarlo; pero al siguiente día llegó desencajado con el cheque de jubilación (…) “Son fregaderas, mira, y me sacó su cheque: lo que me van a pagar, este es mi cheque de la pensión, yo que di toda la vida”. Vi el cheque y su cara, y me dije, “eso me espera a mí, y eso no es lo que quiero”.

De la burocracia a la publicación académica de libros

− ¿Cómo empezaste a escribir tus libros?, ¿cuál fue tu motivación?

Hacia 1980, cuando trabajaba en el Instituto Mexicano del Seguro Social, me dije ¿cómo es posible que yo esté en esta burocracia? Porque mi trabajo era muy simple, rutinario: Nos entregaban 300 expedientes, un archivo de patrones, y de afiliados, que eran consultados por miles de personas diariamente para distintos propósitos. Éramos un grupo como de veinte personas, cada quien tomaba los trescientos y los ordenaba por número progresivo y los guardaba en su respectivo archivero. “Yo llegaba a ocho de la mañana, ordenaba y a las diez ya había terminado, y me ponía a estudiar, porque yo quería sacar mi carrera. Mis compañeros se enojaban y decían, “oye, llévatela con calma, nos estás exhibiendo”. Pues lo siento −respondía− pero eso es tu problema, apúrate”. Salían a tomar un café, y así se la llevaban, con calma, ocho horas.

El jefe de la sección se dio cuenta y me dice, “sabes qué, Tú me eres muy útil, no quiero que tengas problemas, y me mandó como responsable de un archivo enorme, y me puso gente; me dice, “tú a mí me entregas cuentas, y tú te arreglas con ellos, entonces eso me dio más oportunidad de estudiar y acreditar mis materias.

Fue en este contexto que me puse a investigar para mi primer libro que me dio el Premio Nacional de Administración Pública, porque no había una historia de la Administración Pública en México. Entonces, a la fecha, sigo diciendo, “a lo mejor el libro no es bueno, pero no hay otro igual” (…) salvo un colega, José Juan Sánchez, quien dijo, “pues a Roberto le fue bien con ese libro”, y él hizo una versión, le cambió fachada, pero en todo su trabajo me cita más de cien veces.

Eso me sembró la semilla para un nuevo libro.

Me puse a buscar sobre qué no se había escrito, y entonces vi que, de las reformas a la Constitución Política de finales de los ochentas, principios de los noventas, los juristas decían, ‘es que ya son más de trescientas reformas, es que ya son como quinientas, y todo el mundo decía cifras diferentes, pero ninguna era exacta’.

Y dije, “eso lo tengo que hacer yo; fue así que puse en la mesa, por vez primera en el ámbito del derecho, un trabajo con cuadros, donde te digo: tal artículo tiene tantas reformas en tal fecha, y estas son las reformas por presidente; al artículo 1 se le ha cambiado esto, al 2, y así, artículo por artículo, una descripción de ellas. Eso fue otro.

Después, por una inquietud y actividad editorial que tenía, me di cuenta que el mercado de las editoriales era un desorden, muy de empresarios egoístas. “Yo quiero mi editorial”, me dije, y fue precisamente durante una época en que se decía que ‘había una crisis de lectura’; que en México no se leía. Hice cuentas y todo un diagnóstico y descubrí que sí se leía; pero la diferencia era qué es lo que la gente quería leer: son puras novelitas asociadas al espectáculo artístico, deportivo, luchas, y en una revista de telenovelas, de deportes, había muchas fotografías y muy poco texto; donde el vocabulario −que por lo general se maneja− te da entre quinientas a mil palabras diferentes, que no te da para leer una obra de Octavio Paz, de Gabriel García Márquez, porque ahí ya requieres mínimo 5 mil palabras.

Ese tipo de literatura está muy direccionada para que la gente no piense, sepa leer, escribir y se distraiga, pero no da para más. Eso fue otro libro. Y así fui buscando vacíos de conocimiento con los cuales tratar de aportar alguna reflexión.

− Pero también tienes −en tu trayectoria− interesantes estudios sobre la importancia y trascendencia de los municipios…

Aquí, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en mis estudios de maestría, Sergio Gutiérrez Salazar, uno de mis profesores, quien −en alguna ocasión− trabajó en la Presidencia de la República con Alejandro Carrillo Castro (abogado, profesor, escritor, diplomático y político mexicano) quien era el Coordinador de Estudios Municipales, nos platicaba… “en este municipio así, en este asa”… y lo que todavía recuerdo era que la realidad municipal de entonces, −nos decía el doctor Sergio Elías Gutiérrez−, “es que no existe una cultura de la municipalidad, y tampoco algún libro, ni tratado bien hecho en materia municipal”.

Fue la época en que otro querido profesor, Raúl Olmedo, en el Centro de Estudios Municipales de Gobernación, había publicado la “Biblioteca de Estudios Municipales”, y fue la primera vez en que se hacía una monografía de todos y cada uno de los municipios mexicanos, estado por estado. Me acuerdo que fueron 32 libros de portada verde, tamaño carta, invaluables en aquel momento; hoy pudieran parecer obsoletos, pero fueron muy apreciados. Fue entonces que empezamos a trabajar y reflexionar en ese tema y, para fortuna de Sergio Elías, lo nombraron Coordinador del Centro de Estudios Municipales.

Me invitó a colaborar con él, porque −inquieto como siempre ha sido− me dijo que quería hacer un libro: “yo aquí organizo al personal, juntamos los materiales, pero necesito que me ayudes en todo el proceso editorial”; entonces me incorporé con esa finalidad. Como revisor final, le aporté todo lo que finalmente culminó en un “Manual de gobierno y administración municipal”; y a su vez fue muy exitoso porque fue posible repartirlo en toda la República; aunque lo más valioso fue escuchar a los presidentes municipales que decían; “¡oye, qué buen libro, ¡cómo me sirvió!”

En esos tiempos, el 98% de los municipios mexicanos se regía por un muy célebre dicho que nacía de la reunión (la última sesión de Cabildo) del presidente municipal, con sus colaboradores: el tesorero, los síndicos, los regidores, todo su equipo, les decía, “bueno mis compañeros, hemos llegado al término de nuestra gestión. ¡Hay que llevarnos todo, porque dicen que los que vienen son rateros”!

Entonces, el municipio entrante llegaba y no recibía nada. Esa era una práctica muy frecuente que poco a poco empezó a cambiar, y a mí −en lo particular− el municipio me dejó como aportación ponerle la lupa al territorio; porque cuando decimos la palabra “territorio”, dábamos por hecho que sabíamos todo acerca de él. Y todavía hace poco un buen amigo, jurista, me decía, “oye, pero ¿por qué me enfatizas tanto el territorio? Y le afirmé: “mira, te lo voy a explicar desde mi punto de vista”.

“Para ustedes los juristas, el territorio es la jurisdicción, es hasta donde llega tu facultad y no repara ni más, donde aplicas la ley. Pero, para mí, no. Para mí el territorio parte de lo que dice el artículo 27 constitucional, ‘la propiedad de tierras y aguas comprendidas en el territorio nacional corresponde a la nación. Al Ejecutivo Federal se le faculta otorgar concesiones, permisos, autorizaciones sobre esas tierras y aguas’. Pero ¿qué son las tierras y aguas? ¿Qué es el territorio? Pues ahí tienes los bosques, los minerales, los productos geológicos del subsuelo, petróleo, gas, hidrocarburos. Tienes la flora terrestre, la fauna, las montañas, los ríos, la pesca.

El catálogo de recursos es impresionante. Y todos esos recursos son propiedad de la Nación administrados por el Poder Ejecutivo. Y entonces dice, otorgo esta concesión, otorgo este permiso, a través de la Secretaría de Energía, de Economía, de Pesca, todo su aparato administrativo. Y todo eso se traduce en pago de derechos, aprovechamientos, impuestos, y eso es lo que constituye la Hacienda pública. Por eso, el territorio es la base de la vida económica y social; sin embargo, para los politólogos −digamos−, el “territorio” se ve más en términos de cómo se distribuye el poder en ese espacio.

Cuando estuve en la Secretaría de Gobernación, trabajábamos sábados, domingos, eran jornadas extenuantes; y entonces tuve que aflojar el ritmo, pero continué. Acredité todas mis materias, si voy a hacer la tesis, sobre qué la voy a hacer… No sabía, pero ya traía yo el hilo del territorio. Dije, pues la voy a hacer sobre geografía y a ver qué resulta. Y ese fue, digamos, el tronco de la tesis, pero también considero fue una decisión importante, porque me hizo ver el mundo diferente; no tan alineado a lo que eran las teorías de la administración pública de los noventa, donde mis profesores, colegas, todos querían estudiar en políticas públicas, gerencia pública, y yo decía, “¡eso no! ¡qué flojera!” Lo veía con un muy apreciado amigo −en paz descanse− José Francisco Díaz Casillas, quien me decía, “oye, ¿ya viste el libro de fulano? No. ¿qué tal está? Muy bien; es puro etéreo, porque tú lo lees y dices, “no, pues sí, no, pues sí, y no, pues sí” … pero ahora, ¿cómo le hago? ¿Cómo lo llevo a la práctica? Pues no se sabe.

Entonces te servía de muy poco. Y para mí la geografía se convirtió entonces en la base, el método inevitable que no te deja desconectarte de la realidad, porque tienes al territorio como base de análisis.

Así llevamos aquella sabrosa y enriquecedora charla con el Dr. Roberto Rives Sánchez, que concluyó justo a la hora en que iniciaba su siguiente clase. VER VIDEO

Entrevista realizada el 5 de septiembre de 2025 en una sala de profesores de la FCPyS de la UNAM.

 

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